HASTA PARA LA MORGUE LAS FILAS SON LARGAS EN VENEZUELA; CRISIS SE EMPEORA EXPONENTEMENTE
CARACAS, Venezuela (12 Julio 2016).- La gente llevaba horas esperando
frente a la farmacia, aturdida por el calor y el aburrimiento, cuando llegaron
los pistoleros.
Le exigieron a un hombre de 25 años, de pantalones
cortos, que entregara su celular. Pero Junior Pérez salió corriendo hacia la
entrada de la farmacia. Se escucharon ocho disparos y Pérez cayó de bruces.
Impasibles, los clientes en la fila conservaban sus
puestos mientras los pistoleros hurgaban en los bolsillos de Pérez.
Contemplaban los hilos de sangre de la cabeza del joven que chorreaban por los
surcos de la acera. Y cuando llegaba su turno, cada uno compraba sus dos tubos
de dentífrico que el programa de racionamiento les autorizó.
"Ahora, la cola tiene prioridad sobre
todo", dijo la farmacéutica Haidé Mendoza, presente esa mañana. "Te
aseguras de conseguir lo que necesitas y no sientes pena por nadie".
A medida que las filas se vuelven más largas y
peligrosas, se han convertido no solo en el escenario de la vida cotidiana sino
en un telón de fondo de la muerte. Más de dos docenas de personas han sido
asesinadas en las filas en los últimos 12 meses, incluida una niña de cuatro
años atrapada en un tiroteo entre pandillas. Una mujer de 80 años murió
aplastada cuando una fila de clientes se convirtió repentinamente en una turba
de saqueadores, algo que sucede con una creciente frecuencia, a medida que en
Venezuela se acaba prácticamente todo.
La magnitud del derrumbe económico se puede medir en
la longitud de las filas que aparecen en todos los barrios. El venezolano que
sale de compras pasa en promedio 35 horas mensuales en las filas para comprar
comida, tres veces más que en 2014, de acuerdo con la firma encuestadora
Datanálisis.
"La crisis se ha empeorado exponentemente. Eso
se convierte en grandes colas que es la vida ordinaria de un venezolano que no
compre en el mercado negro", dijo el presidente de Datanálisis, Luis
Vicente León. "Esta población que está en la calle es hipersensible, puede
haber conflictos, peleas, trampa, de todo. Están competiendo por un bien
escaso".
La vasta riqueza petrolera de Venezuela era el
combustible de una economía rebosante. Pero años de mala administración bajo un
gobierno que se dice socialista provocaron la parálisis de buena parte de la
producción, y el país pasó a depender en gran medida de las importaciones.
La cadena de la oferta se cortó, primero lenta,
luego bruscamente, a medida que la caída de los precios del crudo dejaba al
país sin dinero para pagar incluso por artículos de primera necesidad.
Las carencias ocupan el primer lugar entre las
inquietudes de los votantes, por encima de la seguridad. Lo cual es insólito en
un país con una de las tasas de homicidios más altas del mundo.
La desesperación alimenta la violencia. La
estudiante de medicina María Sánchez parecía tímida y tan distraída como
cualquiera en una fila en Caracas para comprar harina, pero cuando una mujer
trató de adelantarse a ella y su madre, empezó a lanzar puñetazos.
Solo se detuvo cuando la intrusa se alejó cojeando.
Sánchez pasó el resto de la espera con los labios apretados, mientras su madre
lloraba suavemente.
"Hay que ser pila o la gente se
aprovecha", dijo Sánchez. "La necesidad tiene cara de perro".
Y la necesidad está en todas partes.
Los miércoles, los vecinos de uno de los barrios más
ricos de Caracas hacen fila con bidones de 20 litros a la espera de un camión
que trae agua potable. Los más pobres se disputan de por decenas el agua de los
arroyos que bajan del cerro junto a la ciudad.
Los viernes se alargan las filas de los bancos
porque los cajeros automáticos, que dan ocho dólares diarios, no dan abasto con
la inflación más alta del mundo, y los cajeros no se recargan los sábados ni
los domingos. Los venezolanos evitan el dinero en efectivo, y hasta los
vendedores callejeros de jugo de naranja aceptan tarjetas de crédito.
Los lunes y martes las colas se alargan en las
aceras frente a las oficinas de inmigración, como si la gente hubiera decidido
durante el fin de semana que no soportan una semana más de espera mientras se
les va la vida.
Cada noche, hombres empujan autos enormes junto a un
río para hacer fila frente a un depósito que vende baterías de automóvil pero
siempre se le agotan las existencias para la media mañana.
Todos los venezolanos, adultos y menores, tienen
asignados dos días semanales de compras de acuerdo con el número de su
documento de identidad. Hacen filas en supermercados antes de que abran,
dejándose llevar por rumores o por buenas experiencias en el pasado. Las
embarazadas y los ancianos tienen sus propias filas prioritarias y cada uno
puede comprar hasta dos unidades de lo que haya en venta.
Las filas más largas son para los bienes más
escasos: los alimentos.
Nueve de cada 10 personas dicen que no pueden
comprar alimentos suficientes, de acuerdo con un estudio de la Universidad
Simón Bolívar. Los precios andan por las nubes gracias a la escasez, el
acaparamiento y los revendedores del mercado negro. Los venezolanos hacen fila
una y otra vez para adquirir bienes subsidiados, sin saber qué habrá cuando
finalmente les toque el turno.
Cuando llegan los camiones abastecedores, los
trabajadores abren las puertas a la manera de los concursos televisivos para
revelar si se conseguirán los preciados artículos de primera necesidad o un
premio consuelo como la comida para perros.
A veces la frustración es insoportable. Cientos de
personas tomaron por asalto un mercado en Caracas cuando el camión que habían
esperado durante horas fue desviado a otra parte. "Nos morimos de
hambre", gritaban mientras los tenderos bajaban las cortinas metálicas
sobre puertas y ventanas.
Las filas de miles de personas son blancos para los
ladrones, que a veces la recorren persona por persona. Los supermercados y
camiones de abastecimiento suelen ser vigilados por soldados con lanza gases y
fusiles de asalto. La Guardia Nacional ha matado a tres personas y arrestado a
cientos durante el verano mientras trataba de controlar los alborotos en todo
el país, provocados por la escasez de alimentos.
A pocas cuadras de la fila para dentífrico, donde
murió Pérez, otros clientes que hacían fila para comprar comestibles vieron a
una turba quemar vivo a un hombre acusado de ladrón. Una vez que se lo llevó la
ambulancia, algunos de los atacantes formaron fila para hacer sus compras.
Aunque la amenaza de violencia siempre está
presente, la fila también es un lugar donde suceden hechos ordinarios y a veces
extraordinarios.
Merlis Moreno dio a luz a una niña mientras hacía
fila bajo el sol candente para comprar pollo en El Tigre, una población de los
llanos. La flaquita de 21 años sospechaba que tenía contracciones cuando abordó
el autobús antes del amanecer. Pero no tenía opción: se le había acabado la
comida.
Dio a luz con ayuda del empleado de limpieza del
supermercado y envolvió a la niña en una manta polvorienta del depósito.
En la octava hora de una fila para comprar papel
higiénico, desconocidos sudorosos cantaban canciones infantiles y aplaudían
mientras un niño de un año se lanzaba a caminar.
Los chicos hacen su tarea escolar en la acera.
Algunos jóvenes aprovechan las horas muertas para conocer mujeres y concertar
citas. Pero la mayoría de las historias de amor terminan en la fila.
Sasha Ramos rompió un noviazgo de cinco años en una
fila de varias cuadras para conseguir cuchillas de afeitar. Él había pasado la
mañana quejándose de que la cola casi no se movía, señal de que nunca ayudaba a
hacer las compras. Discutieron y él se fue furioso, dejándola mirando el suelo
junto a desconocidos que habían presenciado toda la escena.
"Fue tan desconsiderado", dijo Ramos.
"Le había perdonado una infidelidad. Estas filas no son buenas para el
amor".
Para las personas mayores, el calor se vuelve
insoportable.
Irama Carrero había pasado horas con la mirada en
blanco en una fila para ancianos de una tienda de alimentos en un barrio
pudiente de Caracas en mayo. Bruscamente, su cuerpo se inclinó hacia atrás.
Nadie la atajó, y se golpeó la cabeza en el pavimento. Al recuperar el sentido,
empezó a vomitar.
Un joven se ofreció para llevarla a la sala de
emergencias mientras que el resto se quedó en la fila. En el taxi, camino del
hospital, Carrero dijo que no probaba bocado desde el día anterior.
"No hay jubilación para esto", dijo al
reclinarse y cerrar los ojos.
Las filas reflejan la escasez y la pobreza, pero
también hasta qué punto la gente ha abandonado los empleos tradicionales. Con
un sueldo mínimo inferior a 15 dólares mensuales y una inflación de tres
dígitos, el trabajo no paga ni lo mínimo. Desde el punto de vista económico, es
preferible llenar la alacena y vender o permutar lo que no sea de primera necesidad.
Los campos están abandonados mientras los
agricultores pasan el día esperando comprar bienes importados. Los maestros
dejan las clases por ir a buscar comida que puedan comer o revender. Las
oficinas públicas cierran temprano porque los funcionarios también tienen que
hacer la fila.
"La mayoría de esta gente gana más dinero con
esto que con otros empleos", dijo David Smilde, experto en Venezuela de la
organización WOLA, Oficina para América Latina en Washington.
Los más emprendedores han convertido la fila misma
en un negocio. María Luz Marcano alquila taburetes de plástico y celulares
cargados, y verifica las bolsas en un puesto improvisado de vigilancia. Gana en
un solo día la mitad del sueldo mínimo mensual.
"Estoy ganando mucho dinero. Me encanta ser una
mujer de negocios independiente", dice con una amplia sonrisa frente a sus
clientes de rostro adusto.
Las líneas más sombrías son las de la morgue de
Caracas. Fuera de la escasez, está al exceso de muertes.
Cuando llegó el cuerpo de Pérez, a mediados de
abril, había gente que llevaba días esperando los cuerpos de sus seres
queridos. Ese mes la morgue manejó 400 cadáveres sólo por homicidios. La cifra
mensual normal para Caracas es el doble de la cifra anual de homicidios de
Nueva York o Los Ángeles.
Durante las horas que pasan frente a la morgue, los
familiares, con los ojos enrojecidos, se cubren la nariz con pañuelos para
evadir el agrio hedor. El acondicionador de aire no funciona y los productos
para embalsamar se han acabado.
De allí se va al cementerio.
La espera para el entierro es de tres días.


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