EL GRAN FIASCO DE ESPAÑA SE CONSUMA EN UNA TANDA DE PENALTIS DESASTROZA ANTE MARRUECOS
DOHA, Qatar (6 Diciembre 2022).- España, gobernadora durante dos horas de un partido de dirección única, se obligó a una tanda de penaltis. Una tanda de penaltis agobiante, asfixiante, angustiosa. Una tanda de pentaltis probablemente inmerecida, pero ineludible bajo el chillido, terrible, de 40.000 marroquíes (o público que iba con Marruecos).
Una tanda de penaltis para vivir o morir en el torneo
más importante del mundo. Una tanda de penaltis para soñar o para llorar en el
único lugar donde no se permiten los fallos. Murió y lloró España, incapaz de
transformar su fútbol en goles y muerta de miedo desde esos 11 metros que
fueron su sepultura. Se va la selección de Qatar con un 'panenka' en contra,
metáfora de un hundimiento que pocos sospecharon tras el arranque ante Costa
Rica.
España tiene una idea y la ha defendido hasta el
final, pero esa idea tiene fisuras y un torneo como este no perdona. España
cayó ante un rival muy inferior al que le bastó con el sudor y el amor propio
para resistir hasta el precipido y, una vez allí, empujar a un equipo
tembloroso, muerto antes de tirarse el primer penalti.
De más a menos, la amargura del final deja en suspenso
un proyecto, el de Luis Enrique, que ahora deberá impulsarse o morir. Es una
decisión trascendente la que tiene el propio técnico y la Federación, pues la
generación de jugadores tiene camino por delante, y lo viso invita a pensar si
otro proyecto es posible. Sin jugadores que transformen el dominio en goles,
sin futbolistas determinantes que resuelvan los sudokus, resulta difícil pensar
en metas más altas. Las prórrogas y los penaltis quisieron depositar al equipo
en semifinales en la pasada Eurocopa, pero verse obligado siempre a esa suerte
no vale. Porque pueden pasar cosas como las de este martes. Y situaciones como
la vivida, unos octavos de final ante Marruecos, rara vez volverán. Y si
vuelven será, como mínimo, dentro de cuatro años.
Es verdad que a esto del fútbol se juega con una sola
pelota, y dice la física, y la lógica, y todo, que si un equipo tiene esa
pelota, el otro equipo no puede meter gol. Eso no quiere decir que el equipo
que tiene la pelota vaya a marcar gol antes que el otro, ni siquiera quiere
decir que ese equipo vaya a marcar gol. De hecho, España no lo marcó. Por eso
es tan extraño este deporte. La pelota la tuvo, pues, casi todo el tiempo
España, que buscaba lo que busca siempre, amasar el partido, atraer la atención
hacia un sitio y entrar por el otro, pero ayer le costó, también como siempre.
Porque Marruecos no se fue a por España. Lejos de testar esos problemas, obvios, que tiene el equipo de Luis Enrique cuando se le vienen encima, el equipo africano optó por meterse en su propio campo y sembrar el campo de minas. No pudo España desenredar el cable en toda la primera parte, y eso que enseguida se vio en el campo la explicación a la entrada de Llorente en el lateral derecho. En el inicio de las jugadas, el jugador del Atlético se metía en el puesto de interior derecho y primero Gavi y después Pedri iniciaban el juego en el puesto de teórico lateral de esa banda. Buscaba el técnico abrir a la banda, a Ferran, y que Llorente iniciara el desmarque de ruptura hacia la línea de fondo, bien para ponérsela profunda, bien para que el extremo del Barça se metiera hacia dentro conduciendo.
No pudo la selección entrar por ahí ni por ningún otro
sitio. Apenas se le puede reconocer en el primer parcial una ocasión clara, que
vino de un pase maravilloso de Jordi Alba por encima de la defensa que Asensio
estrelló en el lateral de la red dando la impresión de que se intuía en fuera
de juego (no lo estaba). Por lo demás, España alcanzó la línea de fondo en
media docena de ocasiones, pero erró en ese último pase y, si no había error,
la asistencia no encontró quien la rematara, entre otras cosas porque en el
campo no había un delantero centro. La ausencia de Morata en el once fue el
otro punto llamativo. Un jugador que salía a gol por partido desde que empezó
el torneo se quedaba fuera para darle carrete a Asensio en ese lugar. A España
le faltó alguien que rematara.
Marruecos jugó con la fiebre de un pueblo, con esa
inconsciencia que provoca la búsqueda del desagravio, más allá de que haya
motivos o no para ese desagravio. Impulsados por los altísimos decibelios del
estadio, resistió con cierta solvencia los intentos de España desde su 4-5-1,
pero le costó mucho traspasar el centro del campo. Impecable Rodrigo en los
balones de Bono a En-Nesyri, principal y casi único argumento del equipo, las
pocas veces que lograban robar con algo de ventaja aparecían las costuras de un
equipo con mucha alma y pocos argumentos. En los instantes finales de la
primera parte sí generó su ocasión más clara, un centro de Boufal que remató
Aguerd fuera. Superada la tensión del primer envite, apareció el descanso para
darles un rato de reflexión a unos y a otros.
A la vuelta nada cambió. Si cabe, España tuvo más la
pelota todavía, generó menos ocasiones, es decir ninguna, y sufrió también
menos ocasiones, es decir, ninguna también, en los 90 minutos. Entró Morata por
Asensio y Soler por Gavi, que no está para jugar los partidos enteros, y a
falta de un cuarto de hora Luis Enrique quitó a Ferran, desastroso, pero
realmente desastroso, toda la tarde, para darle carretera a Nico Williams. No
hubo manera. Marruecos, cada vez más cansada de correr detrás de la pelota,
comenzó a pensar en los penaltis, y eso que quedaba por delante una vida
entera. Cuanto más pasaba el tiempo, mejor era para Marruecos y peor para
España, con el vértigo de la eliminación que siempre acecha al favorito. Tuvo
España, entonces sí, algunas ocasiones, especialmente a balón parado, con un
remate de Morata, otro de Laporte y un balón de esos que van al área, no toca
nadie y que salvó Bono cuando era gol. Pero no hubo manera. La prórroga era
inevitable, y el caso es que a ella llegaba mejor España que su rival, puro
anhelo de los penaltis.
Sin embargo, España también estaba cansada. Trató de
revitalizarla Luis Enrique con una banda izquierda nueva, metiendo a Balde y a
Ansu en lugar de Olmo y de Jordi Alba. El equipo porfió y porfió, y estuvo
siempre merodeando, pero las piernas empezaron a fallar, y de hecho la mejor
ocasión de la prórroga la tuvo Marruecos en las botas de Cheddira. Un pie
milagroso de Unai Simón evitó el desastre. No paró España hasta el último
instante, cuando Sarabia, que había salido para los penaltis, estuvo a punto de
evitarlos con un remate al poste. Había merecido más España, pero esto no va de
merecer. Esto va de transformar las ideas en goles, y ahí España patina. Tiene
un buen equipo, pero eso, sin acierto, vale de poco.
Por EDUARDO J.
CASTELAO/El Mundo.es


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