No soy traspatio mental de Maximiliano Gómez. Tengo la satisfacción de ser su hijo y reconozco la contribución de su generación al proceso político, al que le dio una altísima cuota de sacrificio en horas de turbulencia e intolerancia.
Desde escribas de ocasión hasta respetados dirigentes de la izquierda revolucionaria insisten en asociar y/o presumir que los lazos de sangre implican un calco del sentido de la militancia partidaria. Olvidan, sin querer-queriendo, la noción de tiempo y espacio, esencialmente en el marco del proceso de Guerra Fría y los excesos injustificables de ambos lados para construir una narrativa de buenos y malos.
Por fortuna el mundo cambió, y los valores democráticos permiten desarrollar un énfasis consistente contra los abusos, la corrupción y la violación de derechos humanos, imposibles de defender tanto los de factura de derecha como izquierda. No existe dictadura buena, todas son malas y aborrecibles. No obstante, las escasa vocación por el estudio de los fenómenos de la geopolítica y el atrincheramiento en obsoletos dogmas habilitan las etiquetas "descalificadoras" de eternizadores de dioses del ocaso en el sentido de que los hijos de luchadores revolucionarios deben emular la conducta política de sus padres. Injusto, desproporcionado y manipulador. Lo innegociable reside en actuar correctamente y reivindicar valores.
Imagínense a los hijos de García Márquez con la obligatoriedad de ser escritores, el desafío de los vástagos de Marlon Brandon incursionando en el cine, la familia de Nelson Mandela intentando controlar la organización del Congreso Nacional Africano. De paso, un hijo de Fidel Castro es médico ortopeda, la hija mayor de Putin se dedica a la investigación científica, Obama aplaude la incursión y éxito en el mundo del cine de su hija, y a los hijos de Felipe González no se les conoce asociación con la política española. Sirvan esos ejemplos para exponer las insanas intenciones de restringir o criticar sin objetividad hábitos y posturas de los hijos de líderes políticos. El maniqueísmo de "renegado" obedece a la factura de la insuficiencia argumental, aquí muy frecuente.
En lo personal, siempre respeto que defiendan y veneren a Maximiliano Gómez. Discrepo del innecesario afán en colocar mis posturas políticas alrededor de una militancia que nunca he tenido ni tendré. Decidí defender el pensamiento socialdemócrata: creo en la justicia social, pienso que el capital privado es el motor del desarrollo, aplaudo un modelo de Estado eficiente, y estoy contra todo tipo de dictadores.
Dos o tres dardos envenenados nacidos en mentalidades
fosilizadas respecto de mis juicios públicos sobre la situación venezolana no cambian esto. A lo único que contribuye es a reiterarme en mi profunda fe en valores auténticamente democráticos. A mi padre, déjenlo tranquilo en su tumba, observando desde el más allá el desarrollo de sus hijos y nietos, satisfecho por la unidad familiar y sentido de compromiso, estructurado en épocas de grandes dificultades y alcanzando metas por las vías correctas, gracias a Dios sin el concurso y auxilio del resentimiento revestido de exigencias de calcar lo que, para orgullo nuestro, es imposible.
Por GUIDO GÓMEZ MAZARA


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