El Barça sigue instalado en las nubes en la Supercopa, superó 3-2 al Real Madrid

YIDA, Arabia (11 Enero 2026).-  Nadie había defendido el título con éxito en Arabia. Ningún campeón de Liga vigente había conseguido la Supercopa con este nuevo formato de final four. Hasta que llegó el Barça de Hansi Flick, el ganador de finales. 

El alemán ha construido un equipo que ha ganado ya cinco veces a su gran rival y que en Yida se sacó la espina de la derrota del Bernabéu. Hasta la suerte les sonríe a los blaugrana, que no se bajan de las nubes. Siguen instalados en las alturas, un peldaño por encima de todos a nivel nacional. Tienen esa estrella que hace a los equipos trascender. Raphinha fue letal y Araújo, en su retorno a los campos, levantó el trofeo. Al Madrid, empequeñecido, no le quedó más remedio que admitir sus limitaciones actuales, sobre todo si prefiere mirar al pasado de Mourinho en vez de al futuro.



Los clásicos entre el Barcelona y el Madrid tienen vida propia y más si son en Arabia Saudí, escenario de partidos imprevisibles porque siempre se juegan a cara de perro, con el cuchillo entre los dientes y sin pensar en el mañana.

Las finales de la Supercopa esconden giros de guión como los tres goles que hubo en el tiempo añadido de la primera parte para reanimar a los blancos, que parecía moribundo después del tanto de Raphinha, que reconocía los méritos de los de Flick. Pero, ¿qué es la justicia? ¿Desde cuándo rige este mundo cruel y mal repartido? Por algo se la ha representado con los ojos vendados, ciega, en sus alegorías.

Sin embargo, hay cosas, evidencias, que no se pueden negar ni ocultar. Y a Xabi Alonso, una vez supo que no podía contar con Mbappé de salida, no le quedó más remedio que reconocerlas, no de palabras pero sí con su planteamiento. El Madrid se posicionó en el campo totalmente condicionado para no dejar pensar al Barça. El tolosarra movió muchas piezas para jugar con el único objetivo de maniatar el juego blaugrana. Además de poner a Tchouaméni de tercer central, Gonzalo perseguiría por todo el campo a De Jong mientras Bellingham no dejaba ni respirar a Pedri en una operación a la que se inventó Mourinho en la final de la Copa del Rey del 2011 en Mestalla con Pepe de mediocentro. Por último, los blancos se aferraban a Álvaro Carreras como el anti-Lamine Yamal, que recuperó la titularidad, como Lewandowski, desaparecido casi todo diciembre.

La manifiesta superioridad del Barcelona y la asumida inferioridad del Madrid fue una clara declaración de intenciones. Pero a los blancos les sentó bien juntarse como un equipo pequeño sin reparo alguno. Vinícius, con libertad, era el más adelantado, el único exento de obligaciones. Y con su velocidad causó estragos y fue el primero en probar a Joan Garcia en su primer clásico.

Cerca de la media hora, Lamine empezó a deshacerse de un pegajoso Carreras, y Raphinha también obligó a intervenir a Courtois. El brasileño a veces falla las fáciles y mete las difíciles. Eso fue lo que le pasó en dos recuperaciones de Fermín que permitieron correr al Barcelona. Lamine Yamal le dejó solo en la primera y Raphinha no encontró la portería. En la segunda, el 11 bailó ante Tchouaméni y se sacó un chut seco a la base del poste, imposible para el portero belga.

El Barcelona tenía el partido donde quería con posesión pero no solo no supo ampliar su ventaja sino que la perdió por dos veces. Una cabalgada de Vinícius y una acción a balón parado rescataron al Madrid antes del descanso, cuando Lewandowski se había inventado una genial definición picando el balón que le había dado Pedri por encima de la salida desesperada de Courtois para hacer el 2-1.

Ni en el 1-1 ni en el 2-2 el Barcelona defendió bien y el Madrid, al que no se le puede dar la mano porque se coge el brazo, se aprovechó de la pasividad de la zaga blaugrana. Vinícius se escapó de un dos contra uno con un túnel a Koundé y cuando le salió al paso Cubarsí, el central se comió el recorte. El brasileño hizo dos toques muy rápidos, el segundo para chutar por abajo y batir a Joan Garcia.

En el minuto 51, cuando ya el Barça tenía la cabeza en el vestuario, en un córner Huijsen saltó más que nadie. Raphinha, bajo palos, tocó lo justo para desviar al larguero. Pero en el rechace Gonzalo estuvo más vivo y pescó el balón. Medio cayendo, de la forma menos ortodoxa del mundo pudo rematar por encima de De Jong y Joan Garcia. Llorando el balón acabó en la red en un final de locura de la primera mitad.

En la segunda, el Madrid, que parecía cómodo con el paso de los minutos, sorprendió con dos llegadas de Vinícius y Rodrygo a las que respondió bien Joan Garcia. Los blancos habían interiorizado tanto el credo de Mou que Asencio dio un patadón sin pelota a Pedri que recordó a uno de Ramos a Messi el día del 5-0. Solo vio la amarilla para indignación de Raphinha y Flick.

El técnico alemán a ese mal inicio y reaccionó con Olmo y Ferran Torres y ese doble cambio funcionó. Lamine Yamal amenazó con un remate de primeras y, justo cuando Alonso llamaba a Mbappé para entrar, el Barça asestó el golpe definitivo. La suerte que había tenido el Madrid cambió de bando. En una buena triangulación, el balón llegó a Raphinha en la frontal, que no se lo pensó. Su disparo, con la derecha, rozó en Asencio y despistó a Courtois.

La entrada de Mbappé, que jugó el último cuarto de hora, solo sirvió para forzar la roja de De Jong, único borrón del partido del neerlandés. Pero el Madrid, en un final ajustado, aún fue capaz de dar sustos a pesar de que el Barça recurrió a Araújo en la recta final. No fue uno sino dos y de nuevo en el añadido. En ambos los remates fueron de defensas (Carreras y Asencio) y ahí estuvo Joan Garcia para evitar los penaltis y mantener al Barça en las nubes.


Por CARLES RUIPÉREZ TIRADO/ la Vanguardia 







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