Hacer la diferencia: Dignificar la política para rescatar el futuro
Decir que eres “político” se ha convertido casi en un insulto. En las conversaciones del día a día se repiten frases como: “todos son iguales”, “van a buscarse lo suyo”, “prometen y no cumplen”, “meten mucho cuento” o “marean mucho”, aunque esa percepción tiene raíces en hechos reales como: corrupción, promesas incumplidas y líderes que se desconectan de la gente, el efecto final es devastador: terminamos despreciando la actividad que define si un país avanza, se estanca o se atrasa.
Conviene poner una
idea en su lugar: el problema no es la política; es la mala política.
Entendiendo que la política, en su sentido más básico, existe para organizar la
vida en común: crear reglas justas, proteger derechos, gestionar conflictos y
abrir oportunidades. Volver al origen de la política implica recordar que lo
público es responsabilidad de todos.
Aristóteles sostuvo
que el ser humano es un “animal político”: con esa expresión, no dice
simplemente que a la gente “le gusta” la política, sino que está hecha para
vivir en comunidad organizada. Para él, la vida humana solo se realiza
plenamente dentro de la polis (la ciudad-Estado), porque allí se construyen las
leyes, la educación cívica y las reglas de convivencia que permiten vivir bien.
Y esa comunidad necesita límites y controles, “Para que no se pueda abusar del
poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al
poder”, en palabras de Montesquieu.
Es por esto que en
política deben participar quienes tienen vocación real de servicio y si llegan
al gobierno, gobernar para que todos los actores de la sociedad puedan
desarrollarse al 100%, con instituciones confiables y políticas públicas que
funcionen.
En una sociedad sana
y con visión, cada quien ocupa el lugar donde mejor aporta. Los empresarios se
concentran en crear empresas sostenibles, generar empleos dignos e innovar. Los
deportistas se enfocan en entrenar, competir y representar lo mejor de nosotros
en todas las disciplinas que tenemos. Los artistas se dedican a crear cultura,
identidad y alegría. Los educadores forman ciudadanos críticos y comprometidos.
Y los políticos deberían dedicarse a crear las reglas del juego, las políticas
públicas y el clima institucional que permitan que todo lo anterior, y los
demás actores de la sociedad, florezca, así como también, a predicar con el
ejemplo haciendo lo correcto y conveniente para el colectivo; aunque suene muy
ideal, es lo lógico. Cuando la política funciona, los demás pueden concentrarse
en lo suyo; cuando se degrada, todos perdemos.
Es increíble y
reveladora la ironía que Leonardo Gil ha expuesto sobre querer “política sin
políticos, café sin cafeína, chicharrón sin grasa…”. En el fondo, expresa una
contradicción: queremos desnaturalizar los roles que cada quien debe ocupar,
orden sin instituciones y progreso sin ciudadanía activa. Esa trampa se agrava
cuando normalizamos la idea de que “político” es sinónimo de algo negativo y
que debemos buscar otros actores outsiders, fuera de la política para que las
cosas funcionen, y ya tenemos ejemplos palpables de creer esto.
El desprecio
generalizado expulsa a quienes podrían elevar el estándar y deja el futuro en
manos de los menos convenientes para la ciudadanía.
La participación
activa de la juventud es vital para generar el relevo que necesita la política,
ocupando espacios de decisión y así no dejar las decisiones en manos de otros,
que luego criticamos. Es conocida la cita de Barack Obama donde plantea esta
disyuntiva, “si no votas, alguien más decidirá tu futuro por ti”. Participar no
es solo ser candidato: es integrarse a equipos, aportar ideas, construir
programas, trabajar en los territorios y exigir resultados.
Del mismo modo es
urgente adecentar la forma de hacer campaña y cambiar la forma de hacer
política: menos guerra sucia, más debates serios; menos ruido, más propuestas
concretas; menos “yo soy menos malo que el otro”, más “esta es mi visión y así
la vamos a ejecutar”. La competencia debe ser de quien lo hace mejor, no de
quien lo hace menos mal.
Aunque parezca
utópico, cambiar esto exige un giro en la narrativa que solo es posible si cada
ciudadano asume plenamente sus deberes para hacer valer sus derechos.
Dignificar la política, por tanto, no es pedir fe ciega en partidos o líderes,
ni la creación de mesías o liderazgos construidos a pura inversión mediática,
es participar y ejercerla de manera correcta, cada quien en su acera,
ciudadanos involucrados, políticos conectados con los pies en la tierra,
poniendo el interés colectivo por encima del interés individual, apostando al
bien común, a un crecimiento de todos
los actores y sectores de la sociedad, así haremos política de una manera
diferente y mejor.
Por CARLOS SALAZAR RODRÍGUEZ


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