Fue liberado tras 12 horas de arresto; la detención del expríncipe Andrés: la monarquía británica en estado de shock

LONDRES (20 Febrero 2026).-A lo largo de la historia monarcas británicos, desde Carlos I hasta María de Escocia, han sido ejecutados, han muerto en batalla o de hambre encerrados en la Torre de Londres, han sido depuestos, asesinados de un flechazo en una cacería, acuchillados o les han cortado la cabeza. No todo ha sido coser y cantar para la más alta de las instituciones de este país, pero lo de ahora es lo nunca visto, que un miembro de la familia real, hermano del rey y octavo en la línea de sucesión al trono, haya sido detenido como un vulgar criminal.

Al margen del drama personal para Andrés Mountbatten-Windsor, hasta hace poco conocido como el príncipe Andrés y el duque de York, se trata del mayor terremoto en la historia moderna de la monarquía inglesa, comparable tan sólo con la abdicación de Eduardo VIII en 1936 y con la muerte de la princesa Diana en 1997. Pero el primero de esos sucesos fue una decisión suya por amor, y el segundo un trágico accidente automovilístico, sin que mediaran presuntas actividades ilegales o la posible comisión de un delito. Las repercusiones pueden ser cataclísmicas para el prestigio e incluso para el futuro de la institución. El tiempo lo dirá.

El nombre de Andrés era desde hace mucho tiempo una mancha para los Windsor por sus trapicheos diversos y las acusaciones de abusos sexuales, hasta el punto de que en octubre pasado fue despojado de todos los títulos reales por su hermano mayor, y este mismo año expulsado del Royal Lodge, la residencia que utilizaba en el complejo del castillo de Windsor a cambio del pago simbólico de un grano de pimienta como alquiler. La publicación de los documentos del caso Epstein por el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo había señalado con el dedo, y ayer los acontecimientos se precipitaron. Como escribió Ernest Hemingway en The Sun Also Rises (“Fiesta”), las cosas pasan poco a poco y luego de repente.

Andrés es investigado por “mala conducta” en el ejercicio de un cargo público cuando era embajador comercial

A las ocho de la mañana de un día de invierno gris y lluvioso, con incómodo chirimiri que calaba hasta los huesos, un desfile de coches y furgonetas con policías de uniforme y de paisano se presentaron en Wood Farm, la casa donde está viviendo temporalmente Andrés dentro de los terrenos del Palacio de Sandringham (condado de Norfolk) tras su expulsión de Windsor. El expríncipe estaba desayunando. Era el día de su 66 cumpleaños, que no recordará precisamente como feliz.

Por lo menos no tuvo que pasar la noche entre rejas, ya que doce horas después de su detención fue visto saliendo en coche de la comisaría. Pero las velas y el pastel serán para otra ocasión, porque se pasó el día entre la sala de interrogatorio y una celda con un simple camastro, un retrete, un orinal y paredes desnudas, sin que la sangre azul le sirviera para nada. Como a cualquier hijo de vecino sospechoso de la comisión de un delito, le sacaron una foto, le tomaron las huellas dactilares para establecer su identidad, se le concedió el derecho de hacer una llamada telefónica a su abogado y se le leyeron sus derechos, entre ellos el de permanecer callado. Como en las películas. Muy duro todo para alguien que ha crecido con una cuchara de plata en la boca, acostumbrado a que le vistan y le lleven el desayuno a la cama, y a tratar a los sirvientes con condescendencia, como seres inferiores.

En el caso de Andrés, la investigación se va a centrar en los diez años (2001 al 2011) en que ejerció como enviado comercial especial del Reino Unido, un cargo que le permitió viajar por el mundo a cargo del contribuyente británico para entrevistarse con jeques árabes, oligarcas rusos y dictadores de todas partes, supuestamente para promocionar el país y buscar inversiones interesantes. En concreto, se sospecha que proporcionó documentos confidenciales de Estado a su amigo Epstein después de misiones a Singapur, Vietnam, China y Hong Kong, y le habló de oportunidades de hacer negocios con minas de uranio y oro en la provincia afgana de Helmand. Pero probarlo más allá de toda duda razonable no va a ser fácil, porque hará falta demostrar que cometió la ofensa de manera consciente y voluntaria, sabiendo lo que hacía, que fue grave e impactó sobre la seguridad nacional.

Para el rey Carlos III, el día había comenzado tranquilo, con un encuentro en el Palacio de Saint James con la nueva embajadora española en el Reino Unido, Emma Aparici, el embajador de El Salvador y el Alto Comisionado de Kenia. Pero en ese momento no sabía el terremoto institucional que se le venía encima, porque la policía no le informó previamente de la operación para detener a su hermano, como sí hizo en cambio con el Ministerio de Interior.

El monarca emitió un comunicado reconociendo la gravedad de la situación, expresando su preocupación por Andrés y afirmando que “ahora la ley tiene que seguir su curso”, que fue como decir que lo deja a su suerte y que sea lo que Dios quiera. Hace ya tiempo que está hasta el gorro de las indiscreciones de su hermano calamidad, ya sean abusos de tipo financiero o sexual, hasta el punto de que ha hecho todo lo posible por quitárselo de en medio. Pero la sangre es la sangre y la familia es la familia.

Los royals decidieron poner al mal tiempo buena cara, y proseguir con su agenda de actividades como si no pasara nada. Carlos acudió a una exposición de vestidos de Stella McCartney en el centro de Londres, entre una mezcla de aplausos y gritos, y respondió “no comment” a las preguntas de los informadores. La reina Camila fue a un concierto de una orquesta sinfónica de la que es mecenas, y la princesa Ana -tal vez de una manera premonitoria- visitó la cárcel de la ciudad de Leeds. De hecho, hasta ahora ella había sido la única integrante de la familia real que había tenido problemas con la justicia, aunque menores (una multa de 600 euros porque su perro mordió a una niña, y otras de 500 euros por exceso de velocidad).

 

 

Por RAFAEL RAMOS/La Vanguardia

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