Cabría pensar que, después de cuatro años sangrientos, una guerra que ninguna de las partes puede ganar se habría extinguido. Pero no es el caso de la guerra en Ucrania. Y la responsabilidad recae en un solo hombre.
Vladimir Putin está atrapado en una trampa de su
propia creación. Cada vez son menores las posibilidades de que sus ejércitos en
Ucrania logren algo que él pueda presentar como una victoria. Muchos esperan
que las conversaciones de paz, que continúan esta semana en Ginebra, le
ofrezcan una salida porque Trump obligará a Ucrania a ceder territorio. Sin
embargo, esa vía de escape es cada vez menos probable. E incluso si se llegara
a un acuerdo de paz, las consecuencias internas en Rusia podrían provocar
inestabilidad económica y política, frustrando los planes de Putin de ser
considerado uno de los grandes zares de la historia.
El primer problema para el presidente de Rusia es el
campo de batalla. En la Gran Guerra Patria, de junio de 1941 a mayo de 1945, el
Ejército Rojo avanzó 1.600 kilómetros desde Moscú hasta Berlín. En esta guerra,
que es más larga, las fuerzas rusas en Donetsk, el principal frente, solo han
avanzado 60 kilómetros, la distancia que separa Washington de Baltimore.
Rusia no ha sido capaz de reunir suficiente fuerza de
combate para romper las líneas ucranianas. En la “zona de muerte” de entre 10 y
30 kilómetros alrededor del frente, donde están expuestos a drones y a
operadores que todo lo ven, tanto los soldados como el material no pueden
concentrarse sin convertirse en objetivos. Incluso si las fuerzas rusas logran
abrir brecha en las líneas ucranianas, tienen dificultades para aprovechar ese
éxito.
En la trayectoria actual, Putin no podrá cambiar esto.
En los tres primeros años, Rusia estuvo reforzando su ejército. A finales del
año pasado, ya perdía a más hombres de los que podía reclutar. Están mal
entrenados, la moral es baja y las tasas de deserción son más altas que nunca.
Starlink ha desconectado a las fuerzas rusas de los terminales de contrabando
de los que dependían para apuntar a sus objetivos. Su propio gobierno les ha
bloqueado Telegram, que usaban para comunicarse en el frente.
Rusia
recurre al dinero, no al patriotismo, para captar soldados y la prima que paga
es hoy más cara: 32.000 dólares
A Putin le costará aumentar el número y la calidad de
los reclutas. Rusia recurre al dinero, no al patriotismo, para captar soldados.
La probabilidad de morir o resultar herido, el abandono de los veteranos y los
intentos del Estado de eludir el pago de la “compensación por fallecimiento” a
las familias de los caídos están encareciendo el reclutamiento. Desde junio de
2025, según Re: Russia, un centro de estudios, la prima media de alistamiento
ha subido en 500.000 rublos, hasta los 2,43 millones de rublos (32.000
dólares). Cada vez es más complicado conseguir ese dinero. La factura anual, de
5,1 billones de rublos, equivale al 90% del déficit presupuestario federal. El
resto de la economía se está contrayendo. Los pagos de la deuda están
aumentando. Las perspectivas de ingresos petroleros son malas.
El esfuerzo bélico de Rusia no está a punto de
desmoronarse. Putin puede atacar ciudades ucranianas y redes eléctricas para
destruir la moral y la economía. Sin embargo, es poco probable que los ataques
aéreos por sí solos conduzcan a la rendición. Puede pensar que Europa
abandonará a Ucrania, pero el apoyo europeo aumentó el año pasado. Su mayor esperanza
quizá sea que Ucrania, que sufre una grave escasez de personal y material
propio, atraviese una crisis política o empiece a quedarse sin soldados y armas
antes que Rusia. Sin embargo, la apuesta de Putin por un colapso ucraniano ha
sido fallida en los últimos cuatro años, y cada vez es más improbable.
Entonces, ¿por qué no accede a la paz? Si Putin
pudiera asegurar las ganancias de Rusia y reagrupar sus fuerzas, siempre podría
volver a atacar Ucrania en algún momento en el futuro.
De hecho, es poco probable que cualquier plan de paz
satisfaga a Rusia. Las conversaciones tienen un carácter de fachada, como
demuestra la absurda promesa de un dividendo de paz de 12 billones de dólares,
gran parte del cual se repartiría entre Rusia y Estados Unidos. Tampoco es
probable que concedan a Putin el territorio que no ha logrado tomar por la
fuerza y que desea para poder declarar la victoria.
Para Ucrania, rendir sus posiciones mejor defendidas
sería un desastre estratégico. Y aunque Trump aún tiene margen de maniobra, su
capacidad para empujar a Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, a aceptar
un mal acuerdo ha pasado ya su punto álgido. Es cierto que Estados Unidos sigue
vendiendo armas vitales a Europa, que después se transfieren a Ucrania. Pero
ahora Ucrania depende menos de la inteligencia estadounidense que antes y
Estados Unidos ha reducido en un 99% la financiación de la guerra. Si, como
parece probable, cualquier acuerdo de paz incluye garantías de seguridad
estadounidenses para Ucrania recogidas en un tratado, será el Senado quien deba
ratificarlo. Eso también servirá para evitar un acuerdo desequilibrado.
Otro motivo para que Putin sea prudente ante un
acuerdo es que la propia paz podría desencadenar una crisis en Rusia. Rusia ha
desviado tantos recursos hacia la defensa, que ya representa el 8% del PIB, que
el resto de la economía se resiente. La falta de seguridad jurídica del régimen
y la perspectiva de que se reanuden las hostilidades ahuyentarán a nuevos
inversores. El reto de reasignar recursos de la guerra a la paz, incluida la
búsqueda de empleo para los soldados que regresen del frente, podría provocar
una recesión profunda.
La política también sería fea. Los veteranos
descontentos desestabilizan regímenes, especialmente en Rusia, como ocurrió
antes de la revolución de 1917 y tras la guerra de Afganistán en los años
ochenta. Las encuestas sugieren que en un primer momento los rusos acogerían
con satisfacción el fin de los combates. Pero seguramente después surgirían
preguntas: sobre la campaña mal gestionada, el derroche de vidas y recursos, y
la humillante dependencia de Rusia de China para recibir respaldo financiero y
militar bajo el pretexto de salvar su propia civilización. Todo esto podría
limitar la capacidad de Putin para reiniciar la guerra. Incluso podría suponer
una amenaza para su poder.
Putin no puede renunciar a la guerra, pero el coste de
mantenerla aumenta. Si sus intentos de reforzar el poder militar solo debilitan
aún más Rusia, eso podría desembocar en una crisis. Si no es así, Ucrania y
Rusia quedarán atrapadas en el conflicto. ¿Se puede hacer algo para ponerle
fin? Perseguir la flota fantasma rusa y activar un plan del Senado para
sancionar a los compradores de su petróleo podría limitar los ingresos por
exportaciones. Combatir la propaganda de Putin que presenta a Estados Unidos y
Europa como empeñados en destruir Rusia también ayudaría. Corregir sus
afirmaciones sobre una victoria inevitable de Rusia sería útil: nadie, y mucho
menos Trump, quiere apostar por un perdedor.
Es difícil obligar a un dictador a actuar. En última
instancia, la disposición de Putin a seguir luchando depende del sufrimiento
que esté dispuesto a causar. Pero cuanto mayor sea el sufrimiento, más evidente
será para los rusos que está llevando la ruina a su país.
THE
ECONOMIST


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