LA HABANA, Cuba (11 Marzo 2026).- A sus 80 años, se nos ha ido Lina de Feria. El nos es todo intencional. La poetisa de inmensa talla, la ensayista de atinada pluma, logró estremecer a todo aquel que se acercó a su obra, que conversó con ella, que la vio desandar, entre el temblor y la firmeza, los parajes de nuestra literatura.
Se juntan en esta hora muchos instantes en los que
Lina fue protagonista. Las primeras lecturas de poesía en que la escuchamos vibrar
por medio de sus poemas; sus libros leídos; las charlas presenciadas; la XXV
Feria Internacional del Libro que se le dedicó, y en la que se le vio tan
feliz; la entrega, en otra posterior, del merecido Premio Nacional de
Literatura; la esplendidez de su palabra en cada encuentro; la visita a su casa
de Línea, su calor humano, su ser de radiante honestidad.
Mucho podría hoy decirse de la obra y la vida de Lina
de Feria, que al decir suyo, fue una novela. Había nacido, como tantas veces
dijo, para la poesía –que le fue placera y angustiosa– y no para otra cosa.
Entendió que la necesidad de escribir le llegaba de la relación con los seres
humanos. «Empiezo un poemario con una visión realista, pero después produzco
una historia que no tiene que ver con la gente. Yo contamino absolutamente las
vivencias de los seres humanos que me rodean, de tal modo que después ellos se
ven en mí», nos explicó en una ocasión. Consideró el acto de la escritura
propia como algo incontenible. «Me metamorfoseo escribiendo y cuando me
interrumpen me siento mal», le escuchamos decir, junto a otras revelaciones
sobre el acto de la creación:
«Es muy común para mí estar durmiendo y a las dos de
la mañana sentir deseos de escribir. Me levanto y reposo la idea, la saco y
después la desarrollo en mi escritorio. Es algo fascinante. Porque como el san
Sebastián de la Biblia, estoy asaeteada continuamente de intensidades y eso no
me limita para producir. Me asaltan las ideas en cualquier momento, caminando
en la calle..., donde quiera».
Lina se raptó para los otros. Vivió de todo: la
alegría de los premios (su poemario Casa que no existía fue distinguido en la
primera edición del Premio David, junto con Cabeza de Zanahoria, de Wichy
Nogueras); obtuvo el Premio Nicolás Guillén que otorga el Instituto Cubano del
Libro por su poemario Ante la pérdida del Safari a la jungla (Premio Nicolás
Guillén, 2008) y ganó varias veces el premio de la Crítica Literaria. Vivió
también, entre otras adversidades, las consecuencias de erróneas decisiones de
la política cultural que, negada a la ojeriza inútil, aunque sin olvidarlas,
superó, tal como recalcara en disímiles oportunidades.
De su infinito amor por Cuba no pudo ni quiso
desprenderse jamás.
«Lo que te puedo decir es que me siento enormenente
feliz en Cuba», aseguró en una entrevista en la que le contaba a una periodista
sobre un suceso personal adverso que había transitado. «Lo único que me
interesa es estar en Cuba. Y con el suceso que viví, ese sentimiento de cubana
se fortaleció en mí», le aseguró.
Cuando recibió, en 2019, el Premio Nacional de
Literatura, conversamos con Lina para estas páginas. Con el Premio, «no cierro
un camino, sino lo abro. Estoy tan entusiasmada que estoy concibiendo un libro
que se llama Ráfagas encontradas. Para mí escribir es la posibilidad de
demostrar que hasta la eternidad estoy produciendo. Haciendo», nos comentó.
Fue hermoso escuchar entonces a Lina decir que a lo
que aspiraba no era la posteridad, sino a que se reconociera que hubo alguien
que escribió intensamente en la etapa mejor de su vida y que seguiría
escribiendo hasta su muerte.
En aquella inolvidable conversación, volvió Cuba a
dibujarse en sus labios, acompañada de una alegría estimulada por la noticia:
«Que sea en Cuba es lo más importante, porque ¿qué valor tendría estar
desterrada, desarraigada, si no te reconocen en tu país? Que se vayan los
rencores y el odio. Soy perfectamente humana y amo a mi tierra más que a nada».
Por MADELEINE
SAUTIÉ/Granma


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