Encontrar a Dios en la luna, Victor Glover no es el primer astronauta cristiano:
Si ya habías nacido el 20 de julio de 1969, este es un
momento histórico de la televisión que recordarás, aunque no tuvieras aparato
–yo lo vi en un bar rodeado de gente–, ni apenas edad para acordarte –yo tenía
sólo cinco años–, pero nunca se olvidan esas imágenes en blanco y negro del
comandante Armstrong pisando el suelo del Mar de la Tranquilidad.
Lo que pocos saben es que, en la aventura del espacio,
Dios tampoco estuvo ausente.
Desde niños a muchos nos han fascinado los viajes al
espacio. Mi hijo menor me dejó un libro que sacó de la biblioteca (La conquista
de la luna), mientras yo estaba leyendo otro más aburrido, que acompañó una
serie de televisión (Objetivo: la luna) de Dan Perry.
Muñoz Molina tiene por cierto, una fantástica novela
sobre la impresión que le produjo ese día (El viento de la luna), aunque el
libro más espectacular que conozco es el que hizo Taschen para el cuarenta
aniversario con los artículos que escribió Norman Mailer para la revista Life.
En casa –que siempre hemos sido muy tintinófilos– se
suelen releer los dos visionarios álbumes que Hergé dibujó dieciséis años antes
que Armstrong pisara el píe en la luna. Aunque hubo otros soñadores que
imaginaron el viaje al espacio, ya en el siglo XIX, escritores como Julio Verne
o H. G. Wells, pero también Edgar Rice Burroughs –que no sólo escribió sobre
Tarzán, sino también muchas fantasías espaciales– y mi admirado Alex Raymond
–el padre de Flash Gordon, además del maravilloso Rip Kirby, uno de mis detectives
favoritos–, junto a cineastas como Georges Méliès o Fritz Lang.
Por JOSÉ DE SEGOVIA/Protestante digital


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