A 14 años de su fallecimientoTeófilo Stevenson, el gigante que jamás vendió su dignidad
LA HABANA, Cuba (11 Junio 2026).- Hay boxeadores que ganan títulos. Hay otros que construyen imperios. Y luego está Teófilo Stevenson Lawrence, el hombre que hizo del ring un territorio inexpugnable durante veinte años y que, a la hora de elegir entre el dinero y la dignidad, respondió con una frase que aún resuena en la memoria de Cuba: «¿Qué es un millón de dólares comparado con el amor de ocho millones de cubanos?».
Nacido el 29 de marzo de 1952 en el batey del central
Delicias (hoy Antonio Guiteras) en Puerto Padre, Las Tunas, Stevenson llegó al
mundo con el boxeo en los genes.
Su padre, Teófilo Stevenson Parsons –inmigrante de la
isla de San Vicente que había cortado caña y también subido a algunos
cuadriláteros por necesidad económica– fue el primero en transmitirle el amor
por el deporte de los puños. Sin embargo, fue John Herrera, excampeón nacional
cubano del peso pesado, quien le enseñó a tirar los primeros golpes en el
pueblo natal.
Más tarde, bajo la tutela del ucraniano Andrei
Chervonenko y de Alcides Sagarra –el arquitecto de la legendaria Escuela Cubana
de Boxeo–, el joven Teófilo se convertiría en el más perfecto de los pesos
pesados amateur que haya dado la historia.
Los inicios no fueron sencillos. Stevenson perdió
catorce de sus primeras veinte peleas. Boxeaba en los 71 kilogramos y aún no
era aquel coloso que años después aterrorizaría al mundo.
Cuando llegó a la categoría pesada todo cambió. En
1969, con apenas 17 años, noqueó de forma fulminante a Nancio Carrillo, el
representante de Cuba en los Juegos Olímpicos de México-1968. El aviso estaba
dado.
Después, en septiembre de 1972, Múnich fue testigo del
nacimiento de la era Stevenson, quien llegó como un desconocido para muchos,
pero con un puño derecho que empezaba a tumbar rivales. En los cuartos de final
se enfrentó a Duane Bobick, quien sirvió en la marina estadounidense y llegó
invicto en 62 peleas. La llamada «esperanza blanca» se veía con el oro al
cuello y un contrato millonario en el bolsillo.
Bobick había vencido a Stevenson un año antes en los
Panamericanos de Cali y venía dispuesto a derrotarlo, pero aquel cubano que
enfrentó en Múnich ya no era el mismo. Durante ocho meses, Chervonenko y
Sagarra habían trabajado en su talón de Aquiles: el empleo de la izquierda, y
Bobick lo pagó caro. En el tercer asalto, Stevenson lo derribó en tres
ocasiones. El combate fue detenido. Acababa, así, el reinado de la «esperanza
blanca»
Robert Surkein, veterano federativo estadounidense que
llevó equipos a varios Juegos Olímpicos, sentenció después de aquella pelea:
«El Stevenson que vi ganarle a Bobick en Múnich-72 era entonces superior al
Clay que ganó los 81 kilos en Roma-60 y al Frazier y al Foreman que ganaron en
la categoría superior en Tokio-64 y México-68».
En semifinales, el local Peter Hussing –la gran
esperanza alemana– duró apenas cuatro minutos y tres segundos ante el vendaval
cubano. Hussing confesaría años después: «Uno no tiene tiempo de ver su
derecha. Y cuando la ve, es porque la tiene ya sobre el mentón».
La final nunca se peleó: el rumano Ion Alexe se
lesionó un brazo en semifinales y Stevenson recibió su primera medalla de oro
olímpica. También se llevó la Copa Val Barker como el boxeador más técnico y
destacado del torneo.
Con 1,96 metros de estatura y un estilo que combinaba
elegancia y poder, Stevenson construyó un repertorio inolvidable: un jab de
izquierda penetrante que mantenía a raya a cualquier adversario y una derecha
recta demoledora que, cuando caía, rara vez dejaba a su oponente en pie.
A diferencia de otros pegadores, tenía una cualidad
que lo hacía aún más grande: no castigaba a sus rivales. Su mano derecha era
literalmente prohibida, pero nunca abusó ante oponentes de menor consideración.
Se dedicaba a marcar puntos, a boxear con la elegancia de un bailarín. Por eso
lo llamaban «el caballero del ring». Aplicaba su arma letal solo si el combate
lo requería.
Su reinado en Montreal-1976 fue todavía más
arrollador. Ganó sus tres primeros combates en un tiempo total récord de siete
minutos y 22 segundos. No hubo quien le hiciera sombra. Segunda medalla de oro
En Moscú-1980 el abanderado de la delegación cubana
subió al ring, venció a sus rivales y ganó la tercera corona olímpica, el
segundo pugilista en la historia del boxeo en lograr la hazaña, luego del
húngaro Laszlo Papp. Además, «pirolo», como le decían no pocos, conquistó tres
campeonatos mundiales amateur (1974, 1978, 1986) y fue dos veces dorado
panamericano. Su récord final: de 321 combates, ganó 301.
En 1978, mientras su leyenda crecía, los promotores
del boxeo profesional movieron fichas. La oferta llegó clara y millonaria:
cinco millones de dólares para enfrentar a Muhammad Ali por el título mundial
de los pesos pesados. Muchos boxeadores habrían firmado sin pensarlo; Stevenson,
no.
Su respuesta fue inmediata y se convirtió en historia:
«¿Qué es un millón de dólares comparado con el amor de ocho millones de
cubanos? No cambiaría un pedazo de tierra cubana por todo el dinero que me pudieran
dar».
También se cuenta que en Múnich-1972, tras su primera
medalla de oro, un agente norteamericano se le acercó con una oferta de dos
millones de dólares para pelear contra Joe Frazier. Stevenson declinó y dijo
que prefería consagrarse a sus estudios y a la Revolución Cubana.
Hay quienes sostienen que Stevenson no fue campeón
olímpico tres veces, sino que debieron ser cinco. La no asistencia de Cuba a
Los Ángeles-1984 y Seúl-1988 le impidieron participar cuando aún estaba en
plenitud de forma. Especialistas del deporte de los puños aseguran que habría
ganado sin discusión
El propio Fidel Castro lo reconoció en un homenaje:
«Se podría haber logrado otros dos títulos olímpicos si no hubiera sido por
ciertos deberes que los principios del internacionalismo imponen a la
Revolución».
Igor Vysotsky, un soviético de escaso palmarés
boxístico (estuvo activo solo seis años) fue el único verdugo que tuvo Teófilo
en su extensa carrera encima de los cuadriláteros.
El soviético se retiraría poco después sin más gloria
que haber sido, por un momento, el hombre que le plantó cara al más grande. Y
aunque los puristas argumentan que aquellas peleas ocurrieron en territorio
soviético con arbitrajes cuestionables y que Stevenson no estaba en su mejor
momento físico, lo cierto es que el nombre de Visotsky sobrevive pegado al del
campeón cubano como una sombra inseparable; sin embargo, el destino quiso que
nunca se enfrentaran en unos Juegos Olímpicos. La historia del boxeo aún se
pregunta qué habría pasado si aquellos dos titanes hubieran chocado en
Montreal.
El 11 de junio de 2012 un infarto agudo de miocardio
apagó la vida de Teófilo Stevenson en La Habana. Tenía 60 años. Con él se fue
el último gran representante de una época en la que el boxeo amateur tenía un
rey indiscutible.
«Pirolo», como le decían cariñosamente sus amigos, fue
descrito por René González –uno de los Cinco Héroes Cubanos que estuvieron
encerrados injustamente en las cárceles de los Estados Unidos– como un hombre
tan modesto que aparentaba rechazar la idea de su propia grandeza. «Como atleta
hizo vibrar a millones de sus compatriotas; como ser humano se fundía con
ellos, y a pesar de su impresionante físico era uno más».
Cuando se habla del más grande boxeador de Cuba, los
nombres pueden discutirse. Pero hay uno que se impone sin necesidad de
argumentos. Teófilo Stevenson, fallecido un día como hoy, hace 14 años, no solo
fue el mejor peso pesado amateur de todos los tiempos. Fue, además, el hombre
que enseñó al mundo que se puede ser gigante dentro y fuera del ring.


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