Rebelión en la Iglesia católica: Los lefebvrianos consuman su desafío al Papa León XIV y ordenan a cuatro obispos ultramontanos pese a la advertencia de excomunión
BARCELONA (1 Julio 2026).- Los nubarrones sobre el cielo de las apacibles y verdes praderas de la localidad suiza de Écône con los que amaneció este miércoles auguraban tormenta. La religiosa estaba asegurada. Y es que de nada habían servido los esfuerzos del Papa León XIV, que este mismo lunes hizo un último llamamiento a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a través de una carta en la que instaba a sus actuales líderes a que "no laceraran la túnica de Cristo".
Pero ni las amenazas de excomunión automática ni los esfuerzos por tender puentes desde el Vaticano impidieron que la sociedad sacerdotal ultraintegrista fundada en 1970 por el arzobispo Marcel Lefebvre cumpliera con su órdago y consagrara este miércoles a cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio: los franceses Marc Hanappier y Michel Poinsinet de Sivry, el suizo Pascal Schreiber y el estadounidense Michael Goldade.
Una multitud, que fue llegando mientras repicaban las
campanas sin eco en el infinito valle montañoso, quiso estar presente en la
ceremonia de cuatro horas al aire libre, oficiada en latín y con antiquísimos
ritos en desuso en la Iglesia apostólica romana ni se sabe desde cuándo. Un
millar de sacerdotes y religiosos, junto a más de 15.000 laicos, según las
cifras difundidas por AP, siguieron la solemnidad de la misa, salpicada de
bellísimos e interminables cantos sedantes, de incensarios a toda mecha y de las
ricas casullas de los oficiantes, dominadas por los acabados en terciopelo y
los ribetes dorados que casi causaban fogonazos a la vista. Los asistentes no
se achantaron ni siquiera cuando, en el momento de la consagración, se
cumplieron los vaticinios y las nubes empezaron a descargar lo que por momentos
pareció el diluvio universal. La imagen apocalíptica, en un contexto en el que
todo parecía de otro tiempo, resaltaba la belleza del Lascia ch'io pianga de
Haendel que se interpretaba en ese momento. Aunque como la ceremonia duró
tanto, a los cielos le dio tiempo hasta de escampar y que, en vez del agua, lo
que terminara molestando fuera la rabia del sol.
Los lefebvrianos, como se conoce a los seguidores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, cumplieron su desafío y desacato, el primer gran problema en el seno de la Iglesia católica que afronta León XIV desde que fue designado Pontífice, a la muerte de Francisco, en la primavera del año pasado. Defendían que no podían esperar más para cumplir con la ordenación de estos obispos, anunciada el pasado febrero, ya que de los cuatro a los que consagró Lefebvre, en 1988, sin la aprobación de Roma, sólo quedan dos, el español Alfonso de Galarreta y el francés Bernard Tissier de Mallerais. De ahí que consideraran urgente garantizar la sucesión episcopal. Y es lo que hicieron en Suiza en la localidad donde los lefebvrianos tienen su cuartel general.
Ruego del Pontífice
León XIV intentó casi hasta la víspera que la Fraternidad no diera un paso que la aleja por completo de Roma. "Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás! Les exhorto a considerar atentamente el bien espiritual de los fieles, pues el acto cismático que cometerían les privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida, de los sacramentos que aman y buscan para su propia santificación", se podía leer en la carta que el Santo Padre dirigió el lunes al Superior general de los lefebvrianos, Davide Pagliarani. El Papa se comprometía a emprender "un camino de diálogo y entendimiento que el Espíritu Santo pueda hacer posible y fecundo". En Écône hicieron oídos sordos. La única respuesta del Superior general fue pedir al obispo de Roma "tiempo para el discernimiento" antes de que tome ninguna medida, en referencia velada a las excomuniones. Y es que, según el Derecho canónico, el acto de consagrar a un obispo sin mandato papal conlleva la sanción más severa de la Iglesia de San Pedro, la excomunión automática tanto para los nuevos prelados como para los encargados de administrar el rito.
Un sacerdote leyó al comienzo de la misa un comunicado a modo de declaración de intenciones: "Ante Dios consideramos que es un deber sagrado hacia la Santa Iglesia y hacia las almas proceder con la consagración de obispos que sean enteramente fieles a su santa tradición y a su magisterio constante. Consideramos que todo castigo y censura que se aplique contra este paso no tendrá validez".
La Sociedad de San Pío X se ha autoerigido en una especie de guardiana de la que consideran "verdadera fe católica". Es una rama de la Iglesia tradicionalista, muy vinculada a grupos de ideología de extrema derecha. Fue a comienzos de la década de los 70, durante el pontificado de Pablo VI, cuando el entonces arzobispo de Tulle, monseñor Marcel Lefebvre, se opuso al Concilio Vaticano II (1962-1965), en el que había tomado parte, y creó la polémica Sociedad. Durante años, los sucesivos Papas, Juan Pablo II, Benedicto XVI -quien levantó la excomunión de los cuatro obispos que habían sido ordenados, en un gesto de buena voluntad y acercamiento- y Francisco, intentaron dialogar sin éxito con esta problemática fraternidad. El Pontífice argentino se empeñó personalmente en tratar de "crear un clima propicio para el diálogo". Todo en vano.
La congregación se opone a las reformas modernizadoras abrazadas por la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II, al ecumenismo (la unidad visible de los cristianos) y a la colegialidad. Defiende la celebración de la misa en latín y tacha a la Iglesia actual de estar abrazando un sinfín de "herejías". Los expertos sostienen que hoy en día cuenta con unos 600.000 fieles en todo el mundo, de ellos 100.000 en Francia -el país con la comunidad más numerosa de largo-. No es una cifra muy abultada en una Iglesia católica con alrededor de 1.400 millones.
Por EDUARDO ÁLVAREZ/El Mundo




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