Sergio García, líder en Augusta
AUGUSTA.- Tanto ha llovido desde que José María
Olazábal se vistiera de verde allá por 1999, que aquel solitario liderato de
Álvaro Quirós tras la primera jornada de la edición de 2011 se antojaba
insuficiente para las ansias de Augusta que desde Severiano Ballesteros hay en
nuestro país. Sergio García fue designado sucesor del cántabro y, como tal, de
él se esperaba esto, mirar a la clasificación del Masters y verle en lo más
alto, tras la estela del de Pedreña.
Algo que, sin embargo, se ha hecho esperar, pues
ésta es la primera vez que el castellonense se encarama a lo más alto de un
torneo fetiche para muchos y, quizás hasta ayer, odiado por él. Un torneo en el
que, quién sabe, quizás termine con un dueño español, pues si falla el jugador
de Borriol, Gonzalo Fernández-Castaño, cuarto a dos golpes de la cabeza del
torneo, ya se ha ofrecido voluntario para convertirse en su relevo como percha
para la chaqueta verde del Augusta National.
Cuesta darle crédito a Sergio García. Mucho más tras
sus declaraciones de 2012 –"No me veo capaz de ganar un grande", dijo
entonces–, pero quién le puede negar la mayor al castellonense después de
firmar una ronda de 66 impactos en un campo al que mira con recelo y al que,
también en sus propias palabras, "no volvería si no fuera un grande".
Seis abajo, empatado con el australiano Marc Leishman, número 108 del mundo,
con una tarjeta sin errores, algo que el español no conseguía desde la tercera
ronda de 2002. Todo motivos para pensar en un renacimiento, en el fin de la
ansiedad, la presión autoimpuesta y, quizás, la maldición en un Grand Slam que
se le ha atragantado desde Augusta a Carnoustie pasando Medinah.
Sueños más que razonables que en el caso de Gonzalo
Fernández-Castaño serán plácidos, virgen aún en el terreno de los majors, sin
esa necesidad de terminar bien sí o sí tan liberadora y tan reparadora en el
caso de un jugador con la cabeza especialmente bien amueblada. Es su segundo
Masters y el madrileño se mueve por Magnolia Lane como si fuera la Gran Vía.
Concentración máxima para una vuelta a repetir tantas veces como sea posible.
Dos bogeys, seis birdies. Cuatro abajo y cuarta posición. Un sueño hecho
realidad que ya anticipaba en las páginas de este diario el pasado lunes: «Si
tienes la semana buena puedes dar la campanada». Quién sabe. Otra vez.
El
apoyo de Lindsey Vonn
Tantas son las expectativas puestas sobre los
españoles –José María Olazábal terminó dos golpes sobre par del campo– como las
que el mundo entero tiene puestas en Tiger Woods. El número uno del mundo,
acompañado por la esquiadora Lindsey Vonn entre el resto de espectadores
durante los 18 hoyos, terminó con 70 impactos, dos bajo par y a cuatro de la
cabeza, pero a pesar de algunos gestos que recordaban al Woods de otras
ocasiones menos agradables (en el bogey del hoyo 14 o tras el segundo golpe en
el 15) evidenció la solidez de juego que le ha llevado a conseguir tres
victorias esta temporada antes de llegar al primer grande del año.
Casi un 65% de calles cogidas desde la barras
(9/14), 13/18 greens en regulación y apenas 1,67 putts de media por hoyo.
Aunque, sin duda, lo mejor de su primera ronda queda en el terreno estadístico,
pues el californiano firmó idénticos 70 impactos en la jornada inaugural de
tres de las cuatro ocasiones en que consiguió vestirse la chaqueta verde en el
campo de Georgia (1997, 2001 y 2002).

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