Qué tienen en común el expresidente sudafricano y
premio Nobel de la Paz Nelson Mandela y el astro de fútbol uruguayo Diego
Forlán? Las familias de ambos han sufrido el dolor de una tragedia causada por
la inseguridad vial, y han transformado su dolor en compromiso por mejorarla.
Hace tres años, Zenani Mandela fue atropellada por
un conductor ebrio cuando volvía a su casa tras el acto de apertura del Mundial
de Fútbol de Sudáfrica. Zenani tenía sólo 13 años. La hermana de Forlán quedó
postrada en una silla de ruedas tras un grave accidente automovilístico hace
dos décadas.
Por alguna razón, la vida situó a la abuela de
Zenani, H. E. Zenani Dlamini Mandela, en Argentina, donde es embajadora de
Sudáfrica y connotada activista. Recientemente participó en un evento sobre
seguridad vial en Buenos Aires que nos recordó la vigencia de estas tragedias cotidianas,
pero sobre todo sirvió de acicate para renovar nuestro compromiso con esta
causa.
Como Zenani, cada tres minutos muere un niño en
algún accidente vial en el mundo. Aproximadamente 1,3 millones de personas
mueren cada año en las carreteras del mundo (una cada seis segundos), y entre
20 y 50 millones de personas sufren lesiones.
Según un informe de la Organización Mundial de la
Salud, América Latina tiene uno de los índices de siniestralidad vial más
elevados del mundo: 19,2 muertes por cada 100.000 habitantes, más de tres veces
la tasa de algunos países europeos. Este índice es aún más alto cuando se
considera solo Sudamérica, que está casi 2 puntos por encima de la media
latinoamericana.
La violencia vial afecta principalmente a los más
jóvenes y a los más expuestos. Los siniestros viales son la primera causa de
muerte entre personas de 15 a 44 años. En Colombia, Costa Rica y República
Dominicana, por ejemplo, el 75% de las víctimas son los llamados usuarios
vulnerables -el ciudadano de a pie, en bicicleta y en motocicleta.
El número total es escalofriante: 130.000 muertes
por año sólo en América Latina. Seis millones de heridos y centenares de miles
de discapacitados. El número de heridos es equivalente a dos países del tamaño
de Uruguay, tres ciudades como La Paz. Un enorme freno al desarrollo. Y todo a
causa de la inseguridad vial.
El problema no es la falta de leyes y regulaciones.
La mayoría de los países de la región cuentan ya con un marco normativo
integral al respecto. El problema es hacer cumplir esas normas.
Cuando una ley no se cumple, bien sea porque no se
sanciona al infractor o porque no se hace cumplir la sanción, se crea una
sensación generalizada de impunidad que lleva a un mayor incumplimiento de la
norma.
Al igual que los Mandela y los Forlán, muchos
familiares de víctimas han transformado su dolor en compromiso por la seguridad
vial. Por fortuna, organizaciones como la Fundación Ibero-Americana de
Asociaciones de Víctimas contra la Violencia Vial, Fundación Por la Vida en Colombia,
Fundación Gonchi Rodríguez en Uruguay, o Madres del Dolor en Argentina,
mantienen este vital tema en la mira de las autoridades y de la opinión
pública.
Estas organizaciones se encargan de recordar a la
sociedad civil que la seguridad vial es una responsabilidad compartida. Y a los
gobiernos, que tienen el deber ineludible de destinar recursos para cumplir sus
compromisos, modificar leyes, fiscalizar su cumplimiento, y aplicar la justicia
cuando no se cumplen.
Por nuestra parte, desde el Banco Mundial en
asociación con la ONU y otras entidades, estamos trabajando muy de cerca con
gobiernos y organizaciones no gubernamentales para mejorar la gestión de las
políticas de seguridad vial.
Creemos que es importante promover una
responsabilidad compartida, fomentando la mejora de los datos y el intercambio
de experiencias y buenas prácticas que conduzcan a mejores políticas públicas
-algo que se está logrando desde el Observatorio Iberoamericano de Seguridad
Vial, por ejemplo.
También buscamos cambios de conductas a través de la
educación, la concienciación y el control, la protección de los niños y
usuarios vulnerables, y apuntalando la mejora de las instituciones para la
seguridad vial con trabajo coordinado entre los sectores de transporte y salud.
En Argentina, por ejemplo, el Banco Mundial ha
apoyado la creación de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, consolidando así
en una sola entidad las funciones de monitoreo, fiscalización y de gestión de
intervenciones. Por sus avances en esta área, Argentina recibió la semana
pasada el premio Prince Michael International Road Safety Award como
reconocimiento internacional por los esfuerzos emprendidos.
El caso argentino muestra que se puede lograr un
descenso en la siniestralidad vial cuando un país invierte los recursos
financieros y humanos suficientes para lograr la observancia de las leyes y la
sensibilización de la población.
Como nos recordaron Zenani Mandela y otros
testimonios, conocemos bien la trágica magnitud de esta epidemia y sabemos qué
hacer para frenarla. Ahora nos toca actuar. Porque si una cosa me queda clara
es que el momento es hoy.


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