MADRID (3 Mayo 2014).- Quizá no había manera más
triste para despedirse de la Liga y dar por finalizada la pesadilla. Este
Barcelona de fin de trayecto, azotado por todo rival que estuviera dispuesto a
ponerle algo más de empeño, tan ridículo en Granada como en Valladolid, en
Anoeta como en Mestalla, optó por certificar su adiós a la temporada ante otro
superviviente, esta vez el humilde Getafe, en el partido en el que se honraba a
Tito Vilanova. Hubo un tiempo en el que los azulgrana ganaban ayudados por su
estilo; otros, en el que eran las 'vedettes' quienes daban la cara; también
llegaron a hacerlo por inercia; ahora, ni siquiera pueden hacerlo por
vergüenza. Después de encajar el gol del empate en el tiempo añadido tras un
último ejercicio de desidia colectiva, el Camp Nou ya no pudo más. Y se quejó.
Y silbó. Hasta pidió la dimisión de una directiva gobernada por un presidente
no electo, Josep Maria Bartomeu, al que no le quedará otra que ponerse a
oficializar fichajes como quien anuncia detergentes para mantenerse a salvo.
Puestos a escoger una jugada para resumir la
surrealista campaña del Barcelona qué mejor que atender al momentáneo 1-1
contra el Getafe. A Sarabia le dio por sacar de cuchara una falta en la
frontal, sin que quedara demasiado claro que alguien pudiera beneficiarse de un
balón que debía caer a plomo desde las alturas. Pero el esférico lo atrapó
Lafita, hábil en el giro ante la débil oposición de Pedro y feliz al ver que
quien sigue defendiendo la meta azulgrana no es otro que José Manuel Pinto. El
tiro cruzado y por bajo, al que todo meta de categoría debería al menos
corresponder con un manotazo vista la distancia de su ejecución, se coló sin
que el portero ofreciera resistencia alguna.
El despropósito, sin embargo, no acabó aquí. El juez
de línea, que lo había visto todo de cara, se quedó clavado como un
espantapájaros con el banderín en alto, quizá entendiendo que Lafita, o bien
había cometido falta, o bien se había ayudado de la mano en el control. En ésas
apareció a lo lejos el juez de la cita, José Antonio Teixeira Vitienes, para
arreglar el entuerto a su manera. «Aquí mando yo». Desatendió el consejo de su
asistente -no fue la única vez que lo hizo-, señaló el centro del campo y
permitió a los futbolistas visitantes celebrar el gol del empate a sus anchas.
Se llevaba el Barcelona el tortazo cuando ya echaba
el telón un primer acto en el que los de Martino, lejos de exhibir la pasión
propia de quien no quiere abandonarse, ofrecieron un fútbol lento y anodino,
propio de su momento crepuscular.
Ante las dificultades en el desborde por el eje de
Iniesta y el abandono del carril zurdo desde que Alba cayera lesionado, no
había más plan entonces que el mismo de las últimas semanas, inclinar el juego
hacia el carril de Dani Alves, el único futbolista con ganas de sublevarse. El
lateral brasileño ha perdido buena parte de aquella precisión que en su día le
hizo tan especial, pero no las ganas de seguir luchando. Esta vez, sin embargo,
Alves supo encontrar la mejor opción cuando tomó por enésima vez la línea de
fondo. Su centro no fue dirigido a las palomas del estadio, sino que corrió
raso y hacia atrás para que alguien lo aprovechara desde la segunda línea. Y lo
hizo Messi, convertido de repente en un futbolista episódico, con nula
incidencia en el juego colectivo, pero capaz de embocar a gol cuando la ocasión
así lo requiere. Eso siempre lo tendrá. De hecho, en la peor temporada que se
le recuerda lleva ya 28 tantos en la Liga, sólo dos menos que el pichichi
Cristiano Ronaldo.
Le tocaba a Cosmin Contra replantearse el partido a
regañadientes. Porque su plan había pasado desde el principio por afrontar el
duelo sin delanteros -el falso ariete era el mediocentro Sammir mientras
Colunga quedaba desplazado a la banda-, con una línea de seis en el centro del
campo que no era más que el recurso de quien corre por los callejones que
llevan al descenso.
Los tantos y la lesión de Colunga antes del descanso
devolvieron al técnico del Getafe a la ortodoxia. Martino, en cambio, tuvo que
echar mano de la una de las pocas decisiones de autor que le estaban saliendo
bien, la de convertir a Cesc Fàbregas en el agitador de los segundos tiempos.
Los fracasos en la Copa del Rey y en la Champions le costaron a Fàbregas la
titularidad. Sin embargo, desde que el ex del Arsenal es suplente, su
incidencia en el equipo ha crecido. Saliendo del banco ya cambió el rumbo en
los partidos ante al Athletic y el Villarreal. Y frente al Getafe también lo
intentó. Le bastaron un par de minutos a Cesc desde que sustituyera a
Mascherano para engendrar el segundo tanto. No aprovechó su maniobra Pedro,
bien tapado por Rafa, pero sí Alexis, que aliviaría su mal partido con el
zurdazo que debía haber zanjado la tarde.
Pero no fue así. El Barcelona prefirió dejarse caer.
Nada extraño viendo que no ha parado de rodar hacia abajo en el último mes y
medio. Suspiró de alivio cuando Sarabia remató solo en el interior del área al
cuerpo de Pinto. Pero ya no pudo más que incrustar su cabeza en el suelo al ver
cómo su dejadez llevaba a Lafita a atrapar el empate tras rematar con suma
placidez un centro de Gavilán. Ni un solo grito entre los jugadores, consumidos
en el caos. Ni una sola queja sobre el césped. Ni una sola réplica desde el
banquillo. Nada de nada. Antes de que los protagonistas corrieran a flagelarse
ante los medios -siempre a destiempo-, y Martino cargara con la cruz camino a
Rosario, el Camp Nou ya había hablado por ellos. Y está harto.
Por
FRANCISCO CABEZAS/El Mundo

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