BRUSELAS (26 Abril 2015).- “Éramos 107. La gente iba
cayendo al agua. Vi caer a tres. Otros murieron porque no había agua ni comida.
Solo Dios sabe lo que sentí cuando vi a los otros morir. Cuando llegaron a
rescatarnos, solo quedábamos siete”.
Lamin, maliense de 24 años, sobrevivió el 8 de
febrero a un naufragio múltiple. Se hundieron cuatro barcazas, hubo 330 muertos
y un navío italiano consiguió sacar del mar a 105 personas. El guardacostas no
tenía espacio para llevarlos a todos, así que los colocó como pudo en la
cubierta. Era de noche, con temperaturas que rondaban los 0 grados, viento y
fuerte oleaje. (Lea también: El Mediterráneo, trampa mortal para inmigrantes
africanos)
En la travesía hacia Italia murieron de hipotermia
otros 29. El enfermero Salvatore Caputo, a bordo de ese guardacostas, lo
contaba así: “Intentamos mantenerlos calientes, teníamos miedo. Temimos por
nuestras vidas. Me sentí muy mal: los habíamos salvado y ahora los veíamos
morir así”.
Abubaker, gambiano de 21 años, contaba: “Estuvimos
toda la noche en el mar, pero no alcanzamos Italia. La gente empezó a perder la
cabeza. Algunos decían que se querían ir para conseguir comida o para volver a
su país. Entonces saltaban al agua. No sé cuántos saltaron. Perdí la concentración.
Otros bebieron agua del mar. Muchos murieron, y tiramos los cuerpos al mar; ni
sé cuántos. Cuando llegamos a Malta, nos dieron un teléfono para llamar a
nuestras familias. Llamé a mi madre y se puso a llorar cuando le dije que otros
habían muerto”.
Los testimonios, recogidos en un escalofriante
informe de la rama europea de Amnistía Internacional (AI), muestran las
durísimas condiciones en que viajan –y se juegan la vida– decenas de miles de
personas que huyen de los infiernos del mundo –Siria, Eritrea, Mali, Somalia,
Irak)– atravesando miles de kilómetros hasta llegar a un país devastado y en
plena guerra civil como Libia, e intentar desde ahí uno de los viajes más
peligrosos del mundo, atravesando el canal de Sicilia para alcanzar las costas
maltesas o italianas.
Miles mueren en el mar, más de 1.700 desde enero.
Solo de octubre del 2013 a octubre del 2014, la Marina y los guardacostas
italianos salvaron a 166.000 en el mar. Europa lo sabía. Lo había advertido,
entre otros, el almirante Giovanni Pettorino, jefe de los guardacostas
italianos: “Cuando aumenten las salidas al final del invierno, si solo estamos
nosotros ahí fuera, no seremos capaces de salvarlos a todos”.
Trabajo
con los rescatados
Gemma Pinyol, profesora especializada en Políticas
Migratorias de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, colaboradora de la
Organización Internacional de las Migraciones y analista en el centro de
estudios Cidob, explicó a EL TIEMPO que “la legislación internacional obliga a
todos los Estados firmantes a atender la petición de asilo”.
Europa aceptó el año pasado el 45 por ciento de las
solicitudes presentadas. Esta analista explica que “con una negación del asilo,
esta persona puede ser expulsada a su país de origen, que tiene que reconocerla
y aceptarla, o al país por el que llegó a Europa”. (Vea también: Recientes
naufragios frente a las costas libias)
Pinyol explica que “Suecia y Alemania son los países
europeos con mayor tradición en acogida a refugiados, con programas de atención
y con un discurso público en este sentido. En parte porque no gestionan
fronteras (solo con sus vecinos europeos)”. Mientras, “los países del sur no
han tenido tradición de asilo, sino más bien de exilio propio, y no hay
discurso público sobre ello”.
El Mediterráneo es una ruta tradicional de los
migrantes y refugiados. El éxito de la operación europea Poseidón para sellar
el acceso a las costas griegas, unido al cierre de la ruta que llevaba de
Marruecos a España, apenas dejan como vía de acceso a Libia, un país en plena
guerra civil que no puede hacerse cargo del control de sus fronteras.
El Mediterráneo se está convirtiendo en el mayor
cementerio para migrantes y refugiados. Un estudio de la Organización
Internacional de las Migraciones (OIM) explica que en el 2014 murieron en sus
aguas 3.224 personas, de un total de 4.868 en todo el planeta. En el Caribe
fallecieron 66 personas, y en la frontera entre México y Estados Unidos
perdieron la vida 307.
El informe de AI explica por qué cada vez son más
quienes intentan el viaje: los peligros a los que se enfrentan en sus países de
origen (como en Siria, de donde han huido ya más de cuatro millones), las duras
condiciones que sufren en los países vecinos (Jordania, Irak, Líbano y Egipto),
el cierre de las rutas por tierra para llegar a Europa y la falta de canales
migratorios legales.
AI es clara: “Mientras los gobiernos europeos no
ofrezcan rutas adecuadas y regulares hacia Europa, la gente seguirá haciendo
estos viajes peligrosos”.
Según AI, “triplicar los fondos no servirá hasta que
la zona de operaciones se extienda a altamar, que es donde se producen la
mayoría de las muertes”.
Iverna McGowan, directora de AI en Bruselas, explicó
que “poner barcos en el Mediterráneo solo funcionará si están en el lugar
adecuado, como demostraron las limitaciones de la operación europea Tritón.
Mientras no vayan más allá, migrantes y refugiados seguirán ahogándose”.
IDAFE
MARTÍN PÉREZ/Para EL TIEMPO


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