"SOMOS CHIVOS SIN LEY"

DAJABÓN, República Dominicana (10 Julio 2016).- Los portones de la frontera se abren a las 8:00 de la mañana y un río crecido de personas empieza a fluir silencioso, solemne, imponente e imparable, envuelto en un vaho asfixiante. Vienen muchas mujeres, algunos hombres, niños, lisiados, algunos en  carretillas y motoras, pero la inmensa mayoría a pie, cargando enormes paquetes de mercancía sobre la cabeza.

Es la calurosa mañana de un viernes y esto es Dajabón, donde está el principal cruce fronterizo entre la República Dominicana y Haití. Los lunes y los viernes se lleva a cabo lo que se conoce como el mercado binacional, una pausa que dos veces a la semana la República Dominicana hace en sus ancestrales recelos contra sus vecinos en La Española y permite que crucen de 25,000 a 30,000 haitianos cada día, que vienen a vender o intercambiar de todo lo que se pueda imaginar en el lado quisqueyano de la frontera.

Como una hoja arrastrada por el agua, en el río crecido de personas viene Wihleim. Tiene diez años, usa una camisa roja y negra que le queda muy grande, le gustaría tener más tiempo para jugar fútbol y hace tiempo no va a la escuela.

A diario viene a Dajabón a pie desde su casa en la localidad haitiana de Ouanaminthe, contigua a la frontera, donde vive con su madre y una hermana mayor, a trabajar.

Puede vérsele cargando un racimo de plátanos, un saco de legumbres, velando una de las omnipresentes motoras chinas de tres ruedas, lo que sea, a cambio de algunas monedas. Tiene que llevar a casa un mínimo de 200 pesos dominicanos diarios. Si se gana más de eso, come durante el día. Si no, pues no. Cuando hablamos de 200 pesos dominicanos hablamos de más o menos $4 dólares.

Eso es lo que andan buscándose Wihleim y cientos otros niños que vagan a diario por las comunidades fronterizas y cuyos casos ilustran las profundas complejidades del drama migratorio que protagonizan Haití y la República Dominicana, por siglos entrelazados el uno al otro como las venas en el cuerpo y que están viviendo un doloroso proceso de desenmarañamiento que alcanzó su clímax hace justo un año.

En junio de 2015, la República Dominicana comenzó a deportar a decenas de miles de haitianos o dominicanos descendientes de haitianos, en un proceso que ha sido objeto de severas condenas  por la manera rotunda en que se tramitan las deportaciones y por la ausencia de mecanismos para que los repatriados puedan impugnar el desenlace.


Reverberaciones de terror

Las deportaciones masivas han enviado reverberaciones de terror entre los incontables haitianos y descendientes que viven en este país, lo que ha provocado que miles, con o sin documentos, se hayan desplazado voluntariamente a Haití, uno de los países más pobres del mundo y que en este momento vive, otra vez, una profunda crisis política tras las impugnadas elecciones de octubre del año pasado.

“Ha habido muchas repatriaciones abusivas”, dijo Hilda Peña, una dominicana que es coordinadora nacional de la Red Fronteriza de Promoción de Derechos Humanos, una organización no gubernamental de ayuda a repatriados.

En septiembre de 2013, el Tribunal Constitucional Dominicano emitió una polémica determinación que estableció que los hijos de indocumentados nacidos en este país carecían de nacionalidad dominicana y podían ser expulsados de inmediato.

La decisión tenía un efecto en especial devastador entre inmigrantes haitianos y sus descendientes, pues la frontera entre ambos países existe más en los mapas que en la vida real y por siglos la han cruzado libremente cuantos quieren, cuando quieren y como quieren, para quedarse acá todo lo que quieran.

Protestas de la comunidad internacional obligaron al gobierno dominicano a establecer un periodo de 18 meses durante los cuales los hijos de inmigrantes nacidos en la República Dominicana pudieran regularizar su situación, siempre que pudieran probar que, en efecto, habían nacido en Quisqueya. El periodo de regularización comenzó en noviembre de 2013 y terminó en junio de 2015.

Cerca de 288,000 lograron regularizar su situación. Un informe de Amnistía Internacional (AI) difundido el mes pasado, decía, citando cifras de la  Organización Internacional de Migraciones, que 106,664 haitianos han cruzado la frontera desde junio de 2015, de los cuales 40,281  fueron repatriados por las autoridades dominicanas. Los restantes 66,383 abandonaron voluntariamente el país, temiendo ser hostigados por la Dirección General de Migración (DGM) de la República Dominicana, según AI.

Días después del informe de la AI, el director de la DGM, Rubén Paulino Sem, indicó a medios dominicanos que el número de repatriados desde junio del año pasado es de 31,164, pero incluye personas de 23 países.

Además, según Sem, 113,320, incluyendo 23,286 niños y niñas, regresaron voluntariamente a Haití durante el mismo periodo.

Organizaciones no gubernamentales han denunciado que el proceso de regularización fue tan caótico, y las condiciones que se le exigieron a los participantes tan onerosas, que, al expirar el periodo, otras decenas de miles de dominicanos descendientes de haitianos quedaron desprovistos de la nacionalidad del único país que conocen como suyo.

Quedaron, desde entonces, a merced de los agentes de la DGM, que, según múltiples testimonios, peinan continuamente comunidades, recogiendo a cualquiera del que sospechen es haitiano, para deportarlo sin proceso de apelación formal, si no puede probar en el acto que está legalmente en este país.

"Peor que un animal"

Víctima de esto fue Luce Lafreur, quien dice haber nacido hace 33 años en la provincia de La Altagracia, en el oriente de la República Dominicana. Sus padres eran indocumentados haitianos, peroél nunca había vivido en Haití. Trabajaba como obrero de la construcción en Santo Domingo, donde vivía con su esposa, Andrea Alexandre, una indocumentada haitiana de 30 años, que, en el momento de la deportación, llevaba once años en este país, donde dio a luz a los tres hijos de la pareja: una niña de once años y dos varones de tres y un año.

Luce, quien habla perfecto español con un acento tan dominicano que hace insólito que siquiera se sospeche que es de otro lado, hizo todo lo que estuvo a su alcance para regularizar su situación y la de su familia. Para probar que había nacido y vivido toda la vida en República Dominicana le pidieron múltiples documentos, tres testigos y hasta la comadrona que lo trajo al mundo tres décadas antes. Logró ubicarla, pero con la mala fortuna de que había muerto tres años antes de que él diera con su rastro.

Los trámites eran como meterse en un laberinto burocrático en el que un hombre como él, sin educación formal, asustado, ansioso, se perdía irremediablemente. Andar de un lado a otro tratando de probar de dónde es le tomaba días y le hacía perder empleos. Un hombre se ofreció a ayudarlo con los trámites, pero le pidió a cambio lo que le era imposible dar: 30,000 pesos dominicanos, unos $660 dólares, todo su salario en casi cuatro meses de trabajo.

Llegó junio del 2015 y no pudo completar los trámites que lo hubieran certificado como  dominicano. Poco después, en la tarde de un sábado, Luce y Andrea caminaban con  dos de sus  hijos por una calle de la capital dominicana para ir a hacer compra  en un colmado cuando fueron detenidos por agentes de la DGM.

Poco después estaban Luce, su esposa y sus tres hijos en el campamento de repatriados de Parc Kadó, en Haití, viviendo en una caseta de cartón y paja, hacinados, hambrientos y agobiados por la pobreza más extrema imaginable. “Me siento peor que un animal”, dice Luce, entornando sus feroces ojos negros.

Las autoridades dominicanas se defienden apasionadamente de cualquier señalamiento de irregularidad, abuso, persecución o discrimen en cuanto al tema de la repatriación de haitianos y no reconocen ningún problema con el proceso. “Nosotros en el proceso de expatriación agotamos un protocolo. Aquí no se repatria nadie así por así. Se agota un protocolo donde hasta las huellas de esa persona son tomadas. Si esa persona tiene su residencia vencida o está en el proceso de Plan de Regularización de Extranjeros esa persona no se deporta, no se repatria”, dijo a El Nuevo Día Ambiorix Rosario, portavoz de la DGM.

Rosario afirmó que el caso de cada detenido es revisado y que no se sueltan en la frontera, sino que se entregan, con  sus datos personales, a funcionarios del gobierno haitiano. Asegura son falsas las versiones de que se detienen haitianos en la calle, se suben a camionetas y se llevana la frontera sin la oportunidad de impugnar el proceso. Pero, agregó: “cuando uno va a Puerto Rico, va a Estados Unidos, va a Europa, si usted anda en la calle y un oficial de migración le requiere sus documentos y usted no los tiene, usted pasa un mal rato”.

El viernes 24 de junio de 2016, a las 4:33 de la tarde, los enviados de El Nuevo Día a la frontera atestiguaron lo siguiente: caminaban cerca del cruce fronterizo en Dajabón cuando les pasó por el lado una camioneta Nissan Frontier, matrícula EL3763, blanca, con los rótulos de la DGM.

Llevaba en el cajón cerca de diez mujeres y niños. La camioneta se detuvo a pasos del portón de la frontera. Allí se bajaron y caminaron hacia Haití en el momento en que empezaba a caer una llovizna. Este periodista le preguntó al chofer si eran expatriados y contestó en la afirmativa.

Entre las mujeres transportadas en la camioneta estaba Verona Joachim, de 25 años, y su hija Kimberly, de dos años. Fueron detenidas en una parada de guagua en la localidad de Santiago de los Caballeros. Verona tenía el certificado de nacimiento de su hija y su cédula de identidad, los cuales mostró a El Nuevo Día. Pero, según su versión, los agentes del DGM les dijeron que la documentación era falsa y los llevaron directo a la frontera sin la oportunidad de defenderse.

Sin patria

“Yo no hallo ni qué decir, porque yo tengo 25 años y esto es la primera vez que me pasa.  Yo nací en la República Dominicana. Tengo una vida hecha en la República Dominicana. Eso no debería ser así. Debería haber una ley que apoye a los nacidos en la República Dominicana. Nosotros  no tenemos ninguna ley que nos proteja. Somos chivos sin ley. En Haití dicen que no somos haitianos, en República Dominicana dicen que no somos dominicanos. Estamos en una isla en la que no existimos”, dijo Verona, antes de que, con la niña y sus paquetes a cuestas, cruzara el puente sobre el río Masacre, que divide ambos países, y se perdiera  en las polvorientas calles de esta zona de Haití, entre los cientos que regresaban tras participar del mercado binacional.

 Entre las deportadas también estaba la haitiana Franciyete Luben, quien mostró la cédula que le autorizaba a vivir en República Dominicana y fue deportada junto a varios de sus hijos. "Yo pensé que no iba a tener problemas porque tengo los papeles", dijo la mujer, que fue detenida en Santiago.

Confrontado con esta información, Rosario afirmó: “Eso no es así. Nosotros rechazamos este tipo de información porque a nuestro juicio no se corresponde con el trabajo que nosotros realizamos”.


Un corral

Antes de ser depositados en la frontera, los detenidos son procesados por el Cuerpo Especializado en Seguridad Fronteriza Terrestre (CESFRONT), el organismo militar  dominicano encargado del manejo de los inmigrantes de los que se sospechaque no tienen documentos.

En el cuartel del CESFRONT, los detenidos esperan encerrados en una especie de corral  de alambre eslabonado (cyclone fence) y techo de aluminio,  en el patio de la instalación, mientras los funcionarios deciden si está autorizado a permanecer en la República Dominicana.

En una tarde reciente, allí estuvo esperando que se decidiera su suerte, el haitiano Bijore Sylvestre, de 28 años, que hace 13 años vive en Dominicana. Tiene su permiso de residencia, pero eso no impidió que fuera detenido en su trabajo, llevado al cuartel del CESFRONT y tenido que esperar todo el día en lo que  verificaban sus papeles.

Al cabo de unas cuantas horas en el corral del CESFRONT, los militares le devolvieron su cédula y le permitieron salir a pie del cuartel, a seguir ganándose la vida en paz, o al menos en lo que otro agente del gobierno dominicano sospeche que es ilegal.




Por BENJAMÍN TORRES GOTAY/Endi.com

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