El hecho reciente que ha estremecido la conciencia nacional nos recuerda, de manera dolorosa e ineludible, que un niño nunca debe ser violentado, y mucho menos por quienes están llamados a ser sus primeros cuidadores y protectores.
La infancia no se negocia, no se relativiza, no se
excusa. Cuando se traiciona esa misión sagrada, se hiere lo más íntimo de lo
que debería ser nuestra humanidad.
No es tiempo solo de dolor, consternación o palabras,
sino de una respuesta clara, firme y responsable.
Quien hiere, violenta, destruye o arrebata la vida a
un niño debe enfrentar, sin privilegios, atenuantes ni demoras, todo el peso de
la justicia. Defender a la infancia es una obligación innegociable. Guardar
silencio o mirar hacia otro lado nos haría cómplices.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
Por RAMÓN
BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Es arzobispo emérito de la arquidiócesis de Santiago


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