Una amiga suele quejarse de que las personas cada vez miran menos a los ojos. ¡Los ojos, espejos del alma!, como siempre se ha dicho. Cada vez más personas fijan su atención en las pantallas de teléfonos y computadoras, y relegan la mirada directa a un segundo plano.
“Les das los buenos días y no te escuchan; algunos
apenas murmuran unas palabras”, comenta ella. Le respondo que lo más
inquietante es que los jóvenes, e incluso los niños, están tan inmersos en ese
mundo digital que les cuesta pronunciar palabra. Los saludos se vuelven
susurros, las expresiones se reducen a fragmentos y los niños aprenden a
deslizar un dedo antes que decir una frase.
Ciertamente, mirar a alguien a los ojos es más que un
gesto: es un acto de reconocimiento, de conexión y de confianza. Pero en la era
digital, ese ademán se ha ido desdibujando. Según expertos, las consecuencias
de esta transformación son profundas.
En el plano social, afirman, “se debilita la empatía y
la capacidad de escuchar al otro con atención. El contacto visual, que antes
reforzaba la comunicación, ahora se sustituye por mensajes breves y
respuestas”.
Y en el plano emocional se genera una sensación de
aislamiento, pues aunque estamos rodeados de personas, la interacción se vuelve
superficial.
La nostalgia por las miradas perdidas no es solo un
lamento romántico; es una advertencia sobre el riesgo de perder la riqueza de
la comunicación humana. Recuperar la costumbre de mirar a los ojos puede
parecer un gesto pequeño, pero es un acto de resistencia frente a la llamada
“deshumanización digital”. Quizá, al volver a encontrarnos con la vista del
otro, redescubramos la humanidad que las pantallas nos han arrebatado.
Antes puente invisible entre dos corazones y uno de
los más poderosos motivos para la inspiración de poetas, la mirada se
desvanece frente al brillo frío de móviles y computadoras. Allí, donde se
encontraba la ternura de una seña o la complicidad de un silencio, hoy se alza
una pantalla que distrae y separa.
Tal vez un día, agotados del mundo virtual, hombres y
mujeres vuelvan a levantar con más frecuencia, a saber, cuándo hay tristeza o
alegría en los ojos de sus semejantes, a descubrir en ellos la verdad que ningún
equipo digital puede ofrecer.
Entonces, en ese instante de luz compartida, comprendamos
que la mirada es un pacto silencioso, un refugio, un recordatorio de que
seguimos siendo humanos.
Una amiga suele quejarse de que las personas cada vez
miran menos a los ojos. ¡Los ojos, espejos del alma!, como siempre se ha
dicho. Cada vez más personas fijan su atención en las pantallas de teléfonos y
computadoras, y relegan la mirada directa a un segundo plano.
“Les das los buenos días y no te escuchan; algunos
apenas murmuran unas palabras”, comenta ella. Le respondo que lo más
inquietante es que los jóvenes, e incluso los niños, están tan inmersos en ese
mundo digital que les cuesta pronunciar palabra. Los saludos se vuelven
susurros, las expresiones se reducen a fragmentos y los niños aprenden a
deslizar un dedo antes que decir una frase.
Ciertamente, mirar a alguien a los ojos es más que un
gesto: es un acto de reconocimiento, de conexión y de confianza. Pero en la era
digital, ese ademán se ha ido desdibujando. Según expertos, las consecuencias
de esta transformación son profundas.
En el plano social, afirman, “se debilita la empatía y
la capacidad de escuchar al otro con atención. El contacto visual, que antes
reforzaba la comunicación, ahora se sustituye por mensajes breves y
respuestas”.
Y en el plano emocional se genera una sensación de
aislamiento, pues aunque estamos rodeados de personas, la interacción se vuelve
superficial.
La nostalgia por las miradas perdidas no es solo un
lamento romántico; es una advertencia sobre el riesgo de perder la riqueza de
la comunicación humana. Recuperar la costumbre de mirar a los ojos puede
parecer un gesto pequeño, pero es un acto de resistencia frente a la llamada
“deshumanización digital”. Quizá, al volver a encontrarnos con la vista del
otro, redescubramos la humanidad que las pantallas nos han arrebatado.
Antes puente invisible entre dos corazones y uno de
los más poderosos motivos para la inspiración de poetas, la mirada se
desvanece frente al brillo frío de móviles y computadoras. Allí, donde se
encontraba la ternura de una seña o la complicidad de un silencio, hoy se alza
una pantalla que distrae y separa.
Tal vez un día, agotados del mundo virtual, hombres y
mujeres vuelvan a levantar con más frecuencia, a saber, cuándo hay tristeza o
alegría en los ojos de sus semejantes, a descubrir en ellos la verdad que ningún
equipo digital puede ofrecer.
Entonces, en ese instante de luz compartida,
comprendamos que la mirada es un pacto silencioso, un refugio, un recordatorio
de que seguimos siendo humanos.
Por MARÍA DE
LAS NIEVES GALÁ LEÓN
Graduada en Licenciatura en Periodismo en la Facultad
de Filología, en la Universidad de La Habana


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