La República Dominicana: Visión, voluntad y gerencia para forjar el Dubái del Caribe
Durante décadas, el milagro de Dubái ha acaparado la atención global. Sin embargo, una transformación monumental ocurre hoy en nuestro propio Caribe. La República Dominicana dejó de ser simplemente un destino paradisíaco para convertirse en un caso de estudio sobre desarrollo acelerado y ejecución gerencial.
Comparar a Quisqueya con el emirato no es una ligereza
retórica; es un reconocimiento a una relación simbiótica entre el Estado y la
empresa que ha sabido combinar estabilidad política con una apertura agresiva a
la inversión extranjera. Al igual que Dubái diversificó su economía más allá
del petróleo, la República Dominicana ha logrado un “milagro” similar al no
depender exclusivamente de un solo motor.
Mi análisis no parte de la distancia. Fui testigo de
un capítulo fundacional de su industrialización cuando mi padre, Carlos
Rom-Serra, colaboró con el siempre recordado José Ramón Hernández en los
inicios de NEDOCA, facilitando la línea de producción de Kelvinator desde
Puerto Rico. Esa visión unió a mi padre con pioneros —hoy fenecidos— como doña
Matilde “Muñeca” Hasbún, viuda de Selman, e Ignacio “Chembo” Mena al crear
Distribuidores Musicales del Caribe. Los frutos de esa empresa financiaron mis
estudios en Yale, forjando mi eterna gratitud con la nación.
Como extensión de ese vínculo, colaboré modestamente
en la evolución de su industria financiera al representar la inversión de
Popular, Inc. en el Banco Gerencial y Fiduciario (hoy BHD) y apoyar el
establecimiento de ATH Dominicana. Allí compartí con los ejecutivos de César
Iglesias. Hoy, esa evolución rinde frutos históricos: es la primera compañía
dominicana en colocar sus acciones en el mercado de valores local mediante una
Oferta Pública Inicial (OPI). Este paso demuestra cómo, más allá de las fluctuaciones
del mercado, una empresa centenaria tuvo la madurez gerencial para abrir sus
libros, someterse al escrutinio público y democratizar su riqueza. Este hito
refleja un país que ha forjado un ecosistema financiero robusto, un ‘hub’
regional de seguridad jurídica y estabilidad macroeconómica.
Esa visión gerencial también reinventó el turismo más
allá del “todo incluido”. El país dio un salto hacia el lujo con referentes
mundiales como Casa de Campo, Punta Cana y Cap Cana. Hoy, ejecuta agresivos desarrollos
inmobiliarios, desde Miches y Pedernales hasta modernas torres en Santo
Domingo, atrayendo a grandes fondos e inversionistas individuales.
A esto se suma el auge de su industria tabacalera, que
con rigor ha logrado posicionarse como el referente global —junto a Nicaragua y
Honduras— ocupando el espacio que históricamente ostentó la industria cubana.
Sin embargo, el indicador más visible es su infraestructura integral, donde el país ha entendido que sin logística ni energía no hay desarrollo. La expansión del Metro, teleféricos, puertos y carreteras demuestra una ejecución de obra pública y privada sin precedentes. Pero quizás el cambio más estratégico —y menos cacareado— es cómo han gestionado su matriz energética. Conscientes de la vulnerabilidad histórica de sus sistemas eléctricos, el país ha pasado de la dependencia petrolera a liderar la región en energía renovable (solar y eólica), complementada con una red eficiente e integración de gas natural. Esta soberanía energética garantiza la resiliencia que su industria y el auge inmobiliario exigen.
Aunque persisten grandes retos, la trayectoria
dominicana es irrefutable. Con visión clara y ejecución disciplinada, Quisqueya
cimenta su futuro como la potencia indiscutible del Caribe moderno. Si Dubái
simboliza lo que el capital logra en el desierto, la República Dominicana
—nación a la que mi familia y yo le debemos tanto— es la prueba absoluta de lo
que la visión, voluntad y gerencia pueden alcanzar en el trópico.
Por CARLOS
ROM-GORIS
El autor es profesor universitario y empresario


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