Sabemos que para que pueda darse la fotosíntesis en los vegetales con clorofila de la Tierra, la luz del Sol debe atravesar la atmósfera y llegar hasta la superficie terrestre.
Al mismo tiempo, la radiación infrarroja proveniente
del astro rey tiene que ser absorbida por dicha atmósfera para calentar
convenientemente el planeta y permitir así todas las reacciones bioquímicas
implicadas en los procesos vitales.
Estas dos condiciones son posibles a la vez gracias a
la transparencia y singularidad de la atmósfera que nos envuelve.
Una parte de los rayos infrarrojos que arriban al
suelo y penetran también en las moléculas de agua de nubes, mares y células,
contribuyen a calentar la biosfera y a elevar la temperatura de la superficie
terrestre hasta los 15 grados centígrados de media. Algo imprescindible para la
vida.
Si la atmósfera fuera incapaz de absorber esta
fracción del calor solar, la Tierra se parecería a la Luna, que carece de ella.
Es decir, durante la noche el termómetro bajaría hasta
los 178 grados centígrados bajo cero (-178 ºC) y en el día se alcanzaría la
temperatura a la que hierve el agua en nuestro planeta, a nivel del mar (100
ºC).
Es decir, variaciones térmicas absolutamente
incompatibles con el desarrollo natural de la vida.
Por otro lado, si la atmósfera absorbiera más calor
del necesario, esto también sería desastroso para la vida porque la Tierra se
recalentaría excesivamente, creándose un efecto invernadero como el de Venus.
Este planeta posee una atmósfera densa de dióxido de
carbono, con nubes de ácido sulfúrico, que atrapan el calor solar, alcanzando
en su superficie temperaturas de 453 grados centígrados. Un auténtico infierno
estéril.
Esto pone de
manifiesto la extraordinaria singularidad de la atmósfera terrestre. Su patrón
de absorción de la radiación electromagnética, en la región infrarroja, es
capaz de retener el calor adecuado para la vida y de reflejar el resto al
espacio.
Entre los picos cruciales de absorción hay una
estrecha ventana de expulsión que es tan importante para la vida como los
propios picos.
Al poseer dicha ventana espectral, la atmósfera de la
Tierra evita que ésta se convierta en un satélite estéril como la Luna o en un
planeta nocivo como Venus.
Sin esta estrecha ventana no existiríamos. Por tanto,
constituye otro ejemplo más de ajuste fino para la vida en el planeta azul.
La luz solar puede atravesar la atmósfera y penetrar
en los mares porque tanto el aire como el agua son transparentes a la radiación
visual. Esto, entre otras muchas cosas, hizo posible el desarrollo de la ciencia
y la tecnología humanas.
Poder estudiar las estrellas y el cosmos nos convirtió
en lo que somos. Si la atmósfera terrestre hubiera sido tan opaca a la luz como
la de Venus, Júpiter o Neptuno, esto no habría sido posible.
Por tanto, la singular capa de gases que envuelve la
Tierra, mantenida siempre en su sitio por acción de la gravedad, no solamente
deja pasar la luz adecuada a la vida sino que, a la vez, evita las radiaciones
peligrosas que podrían acabar con ella y además es lo suficientemente clara
para permitirnos estudiar las regularidades de las estrellas y pensar en su
Creador. Con razón dijo el salmista:
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él
memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites? (Sal. 8:
3-4).
Por ANTONIO CRUZ/Protestante Digital
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